MALAS ARTES. Segundo capítulo

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2

A la mañana siguiente, estaba en la cocina tomando un té mientras hojeaba una revista de fotografía. Hacía un día espléndido y el sol de invierno inundaba el espacio que ocupaba la mesa. No había mejor regalo para aquel primer desayuno en la casa que la calidez de aquella luz con que me obsequiaba el sol de la última mañana del año 2004.

Raquel entró con el móvil en la mano, mirándolo mientras presionaba una tecla. Solo llevaba una bata corta de seda que realzaba la belleza de sus piernas. Hacía cuatro años que compartíamos techo y cama, y todavía no me lo podía creer. Nunca me cansaba de mirarla. Su encanto y las magníficas sesiones de sexo que me proporcionaba eran lo que me había llevado a cometer tantísimos disparates. Si no, a santo de qué hubiese derrochado aquella fortuna en satisfacer sus caprichos, sin ahorrar nada, con una inconsciencia patógena. Cuando en junio le comenté a Laia, mi socia, que nos retiráramos un extra para pagar los impuestos y me dijo que a ella no le hacía falta, que en el tiempo que llevábamos juntos había ahorrado más de doscientos mil euros, por poco sufro un colapso. Y ahora estaba de mierda hasta el cuello, no podía dejar de pensar en ello. También lo estaba tres años antes, cuando comenzó toda esta historia. Entonces pensé que quizá perdería a Raquel. Ahora estaba seguro de que todo se iría al carajo, solo era cuestión de tiempo.

—Era Marta —dijo mientras dejaba el teléfono sobre la mesa y se sentaba cruzando las piernas bajo el haz de luz—, dice que tratemos de llegar sobre las ocho, que no quiere que nos pillen las uvas cenando, que antes tomaremos un aperitivo y una copa.

Marta es una amiga de Raquel, una con quien fue al colegio, que está casi tan buena como ella. Está casada con Nacho, un guaperas bronceado de buena familia que estudió administración y dirección de empresas para seguir con el negocio familiar; cosméticos, me parece. En cuanto lo conoció, Marta le dio caza y ya no lo dejó escapar. Viven en un chalet de ochocientos metros cuadrados, en Pedralbes, con un garaje que ocupan cuatro coches de lujo y un par de motos. Tienen una casa en Menorca, una en la Cerdanya, una finca en el Alt Empordà y un yate a motor de cuarenta y tres pies en el que vomité un día que nos invitaron a navegar, creo que más por el asco que me daba todo aquello que por el mareo.

Si no hubiera sido por ellos —puedo afirmarlo sin temor a equivocarme―, nunca nos hubiéramos hecho la casa.

En otoño de 2002 nos invitaron a pasar un fin de semana en la propiedad que tienen cerca de aquí, la del Empordà. Más de seis hectáreas con una casa señorial inmensa y magníficamente restaurada, un jardín con un césped inexplicable y una piscina bestial. Aquel sábado nos llevaron de paseo a Gallissà —un pueblecito monísimo, en palabras de Marta— y vimos el solar por primera vez.

Gallissà es realmente un pueblo precioso. Es muy pequeño y está situado sobre una colina. Las veintipocas casas que lo forman se distribuyen alrededor de una plaza, donde están la iglesia y el restaurante, y a lo largo de una calle que transcurre adaptándose a la topografía.

El terreno está orientado casi al sur, un poco hacia el oeste, y tiene pendiente hacia el valle que, tapizado por los campos y algún bosque, se pierde en las montañas del horizonte sin que ningún obstáculo perturbe su aspecto sereno. Un paisaje realmente bello.

Solo fue necesario que Nacho dijera mira, este terreno está en venta, si no fuera porque tenemos la casa aquí al lado…, para que Raquel se enamorara del lugar y se le despertara el deseo irrefrenable de hacerse una segunda residencia donde pasar las vacaciones y los fines de semana. Estoy seguro de que el deseo respondía más a su necesidad de estar cerca de Marta y Nacho en sus momentos de ocio, y de pasar a formar parte del grupo de amigos de que se rodean, que no a que el lugar fuera realmente magnífico, que lo es. El terreno estuvo presente en la cena, en la cama mientras nos revolcábamos, en el almuerzo y en la comida del día siguiente, todo el viaje de regreso a Barcelona y, de nuevo, cenando en casa.

No le costó mucho transmitirme su inquietud. La idea de hacernos la casa me había cautivado casi tan rápidamente como a ella. Me parece que todo arquitecto esconde el deseo de construirse la suya. Idear el espacio propio puede llegar a ser obsesivo cuando se tiene la oportunidad. Es inevitable, y no me quiero justificar, pero me atrevería a afirmar que todos los arquitectos que han tenido la oportunidad de proyectar y construir la casa que querían lo han hecho.

Cuando supe el precio del terreno, que se trataba de una parcela indivisible y que se podían construir siete viviendas, estuve a punto de abandonar la idea. Pero la normativa urbanística no obligaba a agruparlas todas y eso me permitía segregar nuestra casa del resto —como si fuera una casa aislada con un jardín propio— y hacer seis viviendas en hilera en otra parte del terreno. A Raquel no le acababa de gustar que no nos lo quedáramos todo, pero la convencí de que ni nos daríamos cuenta de que teníamos vecinos. Fue con esta idea que le propuse a Isidre que nos asociáramos para comprar el terreno y hacer la promoción.

De esta manera, con ilusiones paralelas, pero igual de intensas, Raquel y yo nos lanzamos a pensar la casa. Era nuestro proyecto común. Cada día volvía del despacho con dibujos y planos. Los teníamos en la mesa mientras cenábamos, nos los llevábamos a la cama, donde nos sentábamos junto a los papeles y los discutíamos, dibujábamos y hasta hacíamos el amor encima imaginando los espacios futuros.

Aprovechando la pendiente del terreno, la casa tendría dos plantas. Entraríamos por la superior. La entrada, en un espacio fluido y continuo con el estudio, formaría un balcón sobre la sala, que tendría doble altura y un ventanal de fondo que enmarcaría el paisaje. En la planta de acceso habría tres dormitorios; uno de ellos, el nuestro, con baño, vestidor y una terraza sobre el valle, y una pared movible de tres metros de longitud que permitiría abrirlo totalmente sobre la sala. En la planta inferior, además, estarían la cocina, conectada al porche y al jardín; otro dormitorio, y un baño.

Pero a Marta no solo le debíamos la casa y la felicidad que nos acompañó mientras la diseñábamos, también le debíamos la transformación de Raquel. La relación entre ellas dos se fortaleció cuando, con la aparición de Isidre, empecé a ganar dinero. Raquel se lo montó para que me hiciera cargo de todos los gastos. Comenzó a ver a Marta más a menudo y se apuntó a su mismo gimnasio. Y con ella, y con las otras mujeres con quienes sudaba en la sala de fitness, como referente, comenzó a gastar y a pedir sin ningún control. El primer día que me llevó de compras me dejé más de seis mil euros en zapatos, vestidos y ropa interior. Descubrí que un sujetador podía llegar a costar trescientos euros, unos zapatos ochocientos y un vestido más de dos mil. Empezamos a viajar, las habitaciones de los hoteles donde nos alojábamos no bajaban de seiscientos euros por noche, las cenas de trescientos por cabeza. Visitamos las mejores tiendas de ropa de todas las capitales europeas. Tuve que cambiar de coche, decía que el que teníamos daba vergüenza, y conseguí colarle un Saab, mucho más barato y discreto que aquella horterada de cuatro por cuatro de lujo que tanto le gustaba. También le regalé un Mercedes dos plazas descapotable que le hacía ilusión. Y muchas cosas más. Así fui dilapidando el dinero que ganaba.

Marta y Nacho nos habían invitado a la fiesta de fin de año que organizaban esa noche en su mansión ampurdanesa. Raquel estaba que se salía con la maldita fiestecita. Vestido, zapatos, ropa interior y complementos para la ocasión: dos mil ochocientos treinta y seis euros. Era más de lo que ella ganaba en un mes. Y aún faltaba el peinado que le iban a hacer en una peluquería de Girona recomendada por una amiga de Marta.

La fiesta me daba mucha pereza. Nunca me había sentido cómodo entre aquella gente que tanto le gustaba a Raquel. Y con el tiempo, a base de insistir en relacionarnos con ellos, la incomodidad que me provocaban, en vez de disminuir, se había ido convirtiendo en auténtica animadversión. Cada vez me costaba más estar cerca de aquella panda de pijos pretenciosos, y la sensación que me producía tenerlos al lado empezaba a acercarse peligrosamente a la repugnancia.

Pero es que, además, para añadir un poco más de leña al fuego, que empezaba a quemarme por dentro, resultaba que por culpa de aquella fiesta me perdería otra que sí me hacía ilusión: la que organizaba Jordi Matoll en su pueblo, Santa Pau.

Jordi es de aquellos personajes a quien uno se alegra toda la vida de haber tenido la oportunidad de conocer. Y fue gracias a la casa, precisamente, que lo conocí. Un colega me lo había recomendado cuando buscaba contratistas por los alrededores de Girona y me puse en contacto con él. Me hizo un presupuesto y le acabé contratando la obra. Fue un acierto.

Hacíamos las visitas los jueves por la mañana y, después, siempre íbamos a comer al Forquillot, el restaurante de la plaza.

Jordi es un tipo sorprendente. Además de ser muy simpático, es instruido como pocos. No sé de dónde saca todos los conocimientos que tiene, ni el tiempo para adquirirlos, la verdad, porque siempre parece que no tenga prisa por acabar lo que está haciendo.

Pero es que también tiene una habilidad especial que realiza con una dosis de imaginación increíble: la magia. Puede sorprender a cualquiera en cualquier momento con el truco más insólito. El día que me dijo que era aficionado a este arte, al principio, no me lo tomé muy en serio. Estábamos en el Forquillot comiendo.

―¿Puedes hacer algún truco ahora? ―le pregunté.

―¿Tienes un billete a mano?

Saqué la cartera del bolsillo posterior de mi pantalón y le di un billete de diez euros. Lo extendió sobre la mesa con las dos manos y, con un lápiz, le hizo una equis grande en el medio.

―Ahora lo haré desaparecer.

Y se lo metió en el bolsillo.

―¿Ya está?

―Sí, ¿qué esperabas?

Me lo quedé mirando, pero no dijo nada. Cogió los cubiertos y siguió comiendo.

―Qué manera más burda de quedarte con mi dinero.

―Mira en tu cartera.

La había guardado, así que la saqué de nuevo, la abrí y dentro estaba el billete marcado.

―¡Hay que ver! ―dije sorprendido mientras cogía el billete con los dedos―. No ha estado nada mal.

―Si me lo preparo, puedo hacer cosas más espectaculares.

Me explicó como había empezado a practicar el ilusionismo. Lo hacía solo para divertirse y para entretener a los amigos de vez en cuando. Después, nos olvidamos de la magia y seguimos hablando de otros temas.

Cuando llegamos a los postres le preguntó al camarero qué fruta tenían.

―Hoy solo tengo manzanas, plátanos y naranjas.

―Pues tráeme una naranja, por favor.

La trajo en un plato que dejó frente a él, a medio metro de mis ojos. Jordi cogió el cuchillo, le hizo un corte a la naranja en todo su perímetro sin acabar de partirla, la volvió a dejar en el plato y me lo acercó, empujándolo por encima de la mesa.

―¿Puedes terminar de abrirla con las manos? ―me dijo, como si él fuera incapaz y me estuviera pidiendo un favor.

Cogí la naranja, hice girar las dos medias esferas en sentidos opuestos y la partí en dos.

En el centro, en una de las dos mitades, había un billete doblado muchas veces, empotrado en la carne de la fruta. Lo saqué y lo desplegué. Estaba empapado de naranja, pero, evidentemente, era de diez euros y tenía la equis en el centro. Saqué mi cartera otra vez para comprobar que, en efecto, mi billete había desaparecido.

Jordi me había llamado hacía unos días para invitarnos a la fiesta que daba en su casa. Las sorpresas que debía de tener preparadas garantizaban una noche fantástica. Pero, al margen del ilusionismo y de la imaginación, lo que más me fascina de sus montajes es que los convierte en una especie de experimento social donde se mezcla gente de todo tipo (campesinos, albañiles, profesionales, artistas…) y consigue, como si fuera lo más natural del mundo, que todos se sientan cómodos, a gusto y se diviertan. Supongo que es así porque se rodea del personal más sano de los ámbitos más diversos. Había tenido la oportunidad de asistir a alguna de las comidas y fiestas que había organizado y siempre me había divertido mucho. Raquel no tanto, por eso no le había dicho nada; me había querido ahorrar una discusión inútil que me hubiera puesto de mal humor.

Esta compañía, la de Jordi y sus amigos, era la alternativa, que había descartado sin atreverme a plantear, a la fiesta de lujo a la que nos disponíamos a asistir aquella noche.

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