Adolescencia

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Pero volviendo a eso de los once años, cuando tenía esa edad, mi padre, que desde mi concepción se había propuesto darme todas las herramientas para que triunfara en la vida, decidió enviarme a Inglaterra en el verano a aprender inglés. Mi madre mantiene que aquello me transformó y responsabiliza a aquella estancia en el extranjero del estado melancólico en el que asegura que caí para siempre. De todos modos, para tratar de diluir responsabilidades, debo decir que al mismo tiempo que pasaba todo esto, yo descubría a Kafka y me sumergía, fascinado, en el mundo absurdo y angustioso de sus narraciones.

Transité por la adolescencia haciendo equilibrios entre el extraño puritanismo arcaico que imperaba en casa y el entorno pasado de vueltas que frecuentaba fuera. Leía Camus y Hermann Hesse (incluso recuerdo haberlo hecho a escondidas en algunas clases, en vez de escuchar), y era fan de Poe, de la novela negra americana y de los autores rusos del siglo XIX. Y cuando la censura permitió la publicación de los “Trópicos” de Henry Miller y mi padre, como todos, los compró, se los quité de las manos para poder leerlos antes no lo hiciera él y los hiciera desaparecer. Después los debió leer, supongo, porque recuerdo su incomodidad en un intento vago y tímido de arrancarme algún comentario.

Por el camino, después de dos años de prácticamente no tocar el violonchelo, había aceptado la sugerencia paterno de cambiar la cuerda por el viento. Las alternativas fueron el oboe y la flauta travesera (no recuerdo ninguna otra) y yo, como un idiota, me decidí por la flauta travesera cuando lo que quería tocar (lo descubrí casi de inmediato) era el saxo. Paralelamente, y sin motivo aparente ni antecedente familiar conocido, me interesé por la fotografía. Me dediqué a ella con entusiasmo mientras seguía tocando la flauta y hacía el bachillerato convencido de que estudiaría ingeniería de telecomunicaciones. No fue así, tras una crisis existencial de última hora terminé matriculándome en la escuela de arquitectura.

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