El encanto de los músicos

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Big Jay McNeely @Bob Willoughby 1951

Big Jay McNeely @Bob Willoughby 1951

Un instante de silencio efímero sigue al acorde final de la tercera canción: un golpe seco del conjunto en el que sopla un fa sostenido agudo que hoy sí le ha salido. Ve a Nené entre el público. Le ha costado reconocerla así vestida y con ese pelo. El público aplaude, el batería marca el tempo del siguiente tema y arrancan de nuevo con ese volumen que siempre le ha parecido innecesario. Como siempre, le sorprende que tanto ruido no enturbie la vista y mientras se pone el instrumento en la boca para atacar un riff se pregunta qué sentido tiene todo esto. La chica lo mira un momento y le dice algo a la que está a su lado.

Decidió tocar el saxo porque le habían dicho que los saxofonistas ligaban mucho. Quizás los cantantes y los guitarristas ligan más, sobre todo los cantantes. Pero siempre ha cantado fatal y sobran guitarristas. Creyó que, si quería subir a un escenario, con el saxo lo tendría más fácil.

Patrick ya era el cantante del grupo cuando estaban en el instituto, antes de que él se incorporara al conjunto. Había ido a algunos de sus conciertos y después de las actuaciones siempre lo veía rodeado de chicas. La formación la completaban un guitarra, un bajo, un batería y un teclista. Todo tíos.

—¿No os molaría tener un saxofonista en la banda?

—¿Un saxofonista? ¿Para qué?, no somos un grupo de jazz.

Todo el mundo le decía lo mismo, que el saxo era un instrumento de jazz. Pero el jazz no le interesaba y, además, entre los jazzistas hay saxofonistas a montones. Y no tenía la sensación de que los conciertos de jazz estuvieran llenos de tías histéricas apiñadas frente al escenario lanzando sus bragas a los músicos. Se defendía diciendo que todos los grandes del rock tenían saxofonistas en sus grupos. Y que había habido grandes saxos de rhythm and blues, la música negra que originó el rock’n roll. Nada, oye, saxofonista de rock. Y saxo tenor, por supuesto.

Consiguió que sus padres le compraran uno. Desde entonces va a una escuela de música donde aprende la técnica del instrumento y también lenguaje musical, pero está convencido de que la puesta en escena es tan importante como las notas, el sonido o el fraseo. Por eso, mientras estudia, ensaya posturas frente a un espejo de cuerpo entero que recuperó de un contenedor. Todavía no las ha podido poner en práctica.

Después del bachillerato empezó ingeniería. Como todos los demás tíos, se fijó en Rebeca desde el primer día de clase. No es sólo que sea muy guapa y tenga un cuerpo espectacular, es que es distinta; y las cosas exóticas siempre añaden un punto de interés. De piel morena, con una melena negra y rizada, se viste con faldas largas, estampadas de colores vivos, y lleva pendientes enormes y los brazos llenos de pulseras metálicas. Parece la heroína gitana de alguna película, pero es real y tiene un fuerte acento de Lleida.

Para no perder el contacto con Patrick, que no aprobó el bachillerato y se dedica a escribir canciones y a repartir pizzas a domicilio, comenzó a dejarse caer por el local donde ensayaban: un trastero perdido en un aparcamiento, un lugar oscuro y sórdido, sin ventilación y con una sonoridad pésima. Al cabo de un tiempo empezó a ir con el saxo. Pero no lo sacaba del estuche; se quedaba en un rincón, escuchando, como cuando en su infancia miraba los partidos de fútbol que jugaban otros niños y no se atrevía a pedirles que le dejaran jugar y el partido terminaba y los niños se iban. En el local se pasaba el rato liando porros y bebiendo cerveza mientras el grupo repetía los temas una y otra vez. Se los aprendió todos de memoria y en casa improvisaba solos larguísimos, haciendo contorsiones y tirándose por el suelo frente al espejo, mientras se imaginaba que la banda lo acompañaba y las chicas del público, extasiadas, se sacaban las camisetas y las movían por encima de sus cabezas frente al escenario.

Un día, el teclista, el único que sabía algo de música, le preguntó si sabía leer partituras.

—Sí, claro.

—Toma —y le dio unos papeles—, he adaptado las canciones para incorporar un saxo.

Salió del paso bastante bien y se convirtió en el sexto miembro del grupo. Aunque no fue como había imaginado. La música estaba escrita y casi todo eran acompañamientos a base de riffs, segundas voces y algún contracanto. En un par de canciones tenía el protagonismo durante cuatro compases, entre dos estrofas del cantante, pero también estaban escritos y ni el carácter ni la duración de estos fragmentos le permitían tirarse por el suelo como Big Jay McNeely, que era lo que llevaba tanto tiempo esperando.

El día de su debut, una vez terminado el concierto, se dirigió a la barra para pedir una cerveza mientras Patrick y el guitarra estaban en el baño haciéndose unas rayas. Los otros tres se marcharon, se ve que tenían novia. Esperaba encontrar algunas chicas esperándolo, o que se le acercaran al verlo como siempre había visto que le pasaba a Patrick, pero nadie lo miró mientras cruzaba el local, y mientras se bebía la cerveza ninguna chica fue decirle nada. Lo atribuyó a su falta de protagonismo en el escenario; mientras el cantante y el guitarra estaban allí delante luciéndose, él no podía poner en práctica ninguno de los movimientos que tenía ensayados. Cuando se le unieron aquellos dos, de repente, se encontró rodeado de gente.

Tras varios conciertos descubrió que las chicas que siguen a Patrick son siempre, más o menos, las mismas. Las que hoy están aquí lo miran embelesadas en medio del ruido ensordecedor. El tío les dedica miradas y sonrisas, y de vez en cuando se acerca al extremo del escenario, pone una rodilla en el suelo y estira los brazos para que puedan tocarlo. Se las debe de tirar a todas, o quizás sólo a algunas, pero está claro que no está atado a ninguna en exclusiva. Es como si lo compartieran. El muy cabrón las tiene a su disposición y nunca tarda en desaparecer con una u otra después de la actuación. Cuando esto ocurre, el guitarrista normalmente ya se ha ido; siempre desaparece antes que Patrick y nunca se sabe a dónde va, ni con quién. Las chicas que se quedan siguen bebiendo de buen humor, como si todo aquello fuera un juego y esas fueran las reglas. La primera vez, cuando se encontró solo en tan buena compañía, se entusiasmó, pero el entusiasmo se le fue desvaneciendo a medida que las chicas terminaban sus bebidas y se marchaban.

—¿Qué tiene, Patrick, que os gusta tanto a las tías?

—No lo sé, una sensibilidad especial, supongo.

—¿Qué significa una sensibilidad especial?

—Pues eso, una sensibilidad especial.

Un concepto demasiado abstracto. O que requiere de otra sensibilidad para captarlo, la femenina, tal vez.

Sensibilidades al margen, lo que le preocupa es su falta de eficacia. Por eso, cuando tuvo la oportunidad, sin decírselo directamente, le hizo entender a Patrick que con las chicas le iba fatal.

—¿Quieres decir que aún no te has tirado a ninguna de aquellas? Pero si van locas por que se las folle alguien. ¿En qué estás pensando, tío?

—Pues en que quieres que piense, en eso, en follármelas. Pero cuando las tengo delante de mí no sé qué hacer, ni qué que decirles. ¿Tú cómo lo haces?

—Es que yo soy metrosexual, tío —lo soltó como si llevara tiempo esperando una oportunidad para decirlo—. Y además soy casi perfecto, follando. Y eso las tías se lo dicen, ¿sabes?

Metrosexual no sabe si lo es, pero gilipollas, está seguro de que sí. Nunca se lo ha dicho, claro, como tampoco le ha preguntado qué significa ser casi perfecto follando. Debe de estar pasando un muy buen momento, Patrick, va sobradísimo de confianza.

—Sólo me faltan diez centímetros de altura, colega. Con diez centímetros más, ya lo tendría todo.

Y míralo, ahí pegando gritos y saltando con el micro en la mano. Pero si no tiene nada. Es un cantante mediocre de un grupo de rock desconocido que no llegará a ninguna parte. Nunca pasarán del nivel de los locales mierdosos como este donde casi les hacen un favor dejándolos actuar. El grupo no tiene ningún futuro y Patrick tampoco, ni como cantante ni como nada. Si se gana la vida repartiendo pizzas! Ni siquiera estudia música.

En cualquier caso, si Patrick liga no es porque cante. Cantar le da más proyección, seguro, pero está claro que ligaría igual haciendo de fontanero. La sensibilidad especial de los cojones, y la gracia que tiene el tío tratando a las mujeres, y algún tipo de aroma que debe de desprender, el muy cabrón, que a las tías se les funde la entrepierna cuando se acerca a ellas. Él, en cambio, a parte de aquel episodio con Nené, nada de nada.

—Prueba de decírselo directamente, normalmente funciona —le dijo Patrick para terminar, aquel día que hablaron—. Les dices: ¿quieres venir a mi casa? Y verás como te dirán que sí.

Y allí comenzó su fantasía; que idiota. Se imaginó preguntándoselo a Rebeca después de un concierto y que ella le decía que sí. Ahora la busca entre el público con la esperanza de que no esté en la sala. Las luces del escenario no facilitan la visión más allá de los primeros metros; no está con Nené y las seguidoras del Patrick, pero quizás esté mas al fondo.

No debe de haber ni un tío en la escuela que no la desee, pero ya están en segundo y todavía no se sabe de ningún estudiante que haya conseguido nada. Por eso se decidió a explotar aquello que lo diferencia de los demás. Con una ingenuidad casi infantil llegó a pensar que si Rebeca lo veía tocando en el escenario lo miraría con otros ojos. Y se decidió a invitarla a un bolo que tenían en un bar del barrio viejo. Rebeca accedió y le dijo que iría con su compañera de piso.

Después del concierto, las dos chicas lo esperaban en la barra del bar. La amiga de Rebeca era Nené. No le pareció gran cosa, era pequeña, tímida y sin mucha gracia. Patrick apareció al cabo de un momento, frotándose la nariz y terminando de aspirar los restos de farlopa que le debían de haber quedado en los conductos nasales. Cuando le presentó a Rebeca, desplegó toda aquella sensibilidad especial, la metrosexualidad, y lo que sea que tiene aquel cabrón, como si él no estuviera allí. Al poco rato había desaparecido con Rebeca y lo habían dejado con aquella chica, Nené, que no había dicho prácticamente nada.

—¿Quieres venir a mi casa?

Se lo preguntó porque ya todo le daba igual, no porque la chica le interesara. Y funcionó. Pero en la cama fue un desastre. No se trata de buscar culpables, no podía dejar de pensar que Rebeca estaba con Patrick, y eso no lo ayudaba; pero Nené tampoco estaba por la labor y, muy tensa, ni colaboraba ni tomaba ninguna iniciativa. Se dejó follar, pero si no hubiera sido porque no estaba fría, hubiera creído que estaba muerta. Se esforzó, pero aquello no había manera de terminarlo, y la chica ni se movía, así que dejó de intentarlo. Como si hubiera estado esperando ese momento, cuando él salió de encima suyo, Nené le dijo que tenía que marcharse.

Pasados unos días, ella le mandó un mensaje. Dudó si responder, pero al final lo hizo y quedaron para verse en un bar. Parecía que ella no sabía qué decir, como si estuviera esperando que él hiciera algo. Él habló de banalidades inconexas para llenar aquel vacío tan molesto. Se acabaron las bebidas, casi con prisas, y se despidieron con dos besos castos. Hasta hoy no la había vuelto a ver.

A quien sí ve es a Rebeca, cada día. Al día siguiente del concierto, ella entró en el bar de la escuela mientras el estaba solo, en una mesa del fondo, tomando un café. Lo vio y le sonrió. El gesto, espontáneo, se interrumpió cuando se dio cuenta de la expresión con que él la miraba; dejó caer los brazos a los lados y pareció que todo su cuerpo se aflojara. Se acercó a él, seria, incómoda, y se sentó a su lado. Él tenía los ojos clavados en la taza. Rebeca le puso la mano en la nuca.

—Pol, mírame.

Pol giró la cabeza despacio, como si hacerlo representara un gran esfuerzo, y la miró sin decir nada.

—No me enrollo con tios de la escuela, es una norma que tengo.

Pol volvió a enfocar la taza.

—Me gustas, Pol. No lo estropees.

Le acarició la nuca con afecto, le dio un beso en la mejilla, se levantó y se fue.

Desde aquella conversación en el bar no se ha vuelto a acercar a ella. Ni ella a él. Pero tropieza con ella en clase o en los pasillos y, a veces, no puede evitar mirarla. Si sus ojos se encuentran, ella le sonríe, como siempre, o quizás de una manera más dulce, pero él aparta la mirada.

Aplausos. El bajista, sin interrupción, comienza el bis con un obstinado; a continuación entra la batería y, luego, todos a la vez y al unísono, la guitarra, el teclado y el saxo. Nené sigue allí delante con las habituales del Patrick. Está desconocida con ese top, la minifalda de cuero negro, los zapatos con tacones altos y el pelo encrespado. No para de bailar haciendo movimientos convulsivos, como si estuviera poseída. Debe de haberse metido algo, porque esa no es la tía que había estado en su cama. De vez en cuando lo mira y hace comentarios a las otras chicas. Habla de él, seguro. Quizás presume de habérselo follado. Se anima, a lo mejor puede volverlo a probar. Con la marcha que lleva igual, esta vez, sí que se moverá en la cama. Las otras chicas también lo miran más que de costumbre, y ríen y se dicen cosas. Quizás ya ha entrado en racha y aquella aventura desafortunada dará algún fruto y hoy pillará.

Baja del escenario bastante animado y busca a las chicas. Espera no encontrarse a Rebeca; pero como es poco probable que esté aquí, y cree que tiene la partida asegurada, hace ver que le daría igual. Las ve al lado de la barra, son seis y forman una pequeño círculo. Rebeca no está, Nené está de espaldas. Se acerca y le pone la mano en el hombro. La chica gira la cabeza para mirarlo.

—Hola, Nené.

—Ah, Hola.

Y le mira la mano, y luego lo mira a los ojos de una manera que le hace sentir tan incómodo que la retira. Sin decir nada más, Nené le vuelve a dar la espalda. Él mira a las otras chicas como si en sus caras hubiera de encontrar alguna respuesta. Una sonríe, pero muy fugazmente, y enseguida vuelve la vista hacia otro lado. Al sentirse excluido con tanta violencia tiene una extraña sensación de ridículo y se le hace un nudo en el estómago.

—Bueno, adiós, me voy, ya nos veremos.

La que antes había medio sonreído hace medio gesto tímido con la mano. Nada más. Vuelve hacia el escenario, mirándose los pies mientras camina, para recoger el instrumento y marcharse. Quisiera ser invisible. Está pensando que necesita salir de allí tan rápido como sea posible cuando una mano lo detiene. Levanta la cabeza. Es Rebeca.

—¿Qué haces aquí?

Rebeca sonríe.

—He decidido romper mis normas.

Cuatro horas más tarde, en la cama de Rebeca, Pol recorre su cuerpo desnudo con los dedos haciendo dibujos invisibles. Cree que ha ido bien, pero ha oído decir que muchas chicas simulan los orgasmos, y no se puede quitar de la cabeza que Patrick también estuvo con ella; “Casi perfecto, follando” es un concepto impreciso que lo tiene preocupado. Rebeca sonríe, como si acabara de recordar algo, y lo mira.

—Cuando venga Nené, la pondré a caldo.

—¿A Nené? ¿Por qué?

—No sé qué le hiciste; primero me pide tu teléfono y al cabo de unos días aparece con este new look y comienza a divulgar que eres un capullo y que, además, no sabes follar.

—Joder, ¿eso dice? Sí que se enfadó.

—No sé si se enfadó, pero tendrás que hacer algo porque yo no voy con tíos que no saben follar.

—Quizá prefieras a Patrick, que todo el mundo sabe que es casi perfecto, follando.

Rebeca abre mucho los ojos y rompe a reír.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Mira que eres burro —dice, en un intervalo, mientras coge aire—. Patrick es más blando que la mantequilla, hombre. Y lo nuestro ha comenzado de puta madre, y aún irá mejor, ya lo verás —y le tira del brazo—. Ven aquí, que nos lo estamos pasando en grande.

Unos gemidos agudos se mezclan con sus sueños. Se despierta y se da cuenta de que son reales; unos gritos de placer espectaculares le llegan con claridad desde alguna habitación cercana. Una tía está teniendo un orgasmo de película. Abre los ojos, el dormitorio está totalmente a oscuras. No se mueve para no despertar a Rebeca que lo abraza con todo su cuerpo, pero entonces la oye reír por lo bajo y gira la cabeza hacia ella, como si pudiera verla.

—Es Nené que está con Patrick, los he oído entrar hace un rato. Lleva días practicando, la tía. ¿A que parece de verdad?

© Albert Gassull 2014

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