Infancia

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Siempre me han explicado que tuvieron que aplazar mi bautizo porque llegué al mundo unos días antes de la gran nevada de Barcelona, la que todo el mundo que tenía uso de razón hace cincuenta y un años aún recuerda, la del año 62.

Hijo de una cantante lírica y de un ingeniero/músico que afrontaban ese momento gris con ilusión y esperanza, enseguida fui obsequiado con una hermana de la que no recuerdo el nacimiento, pero a quien recibí con una bofetada —según el reiterado testimonio de mi abuela— el día que la trageron a casa.

Mi otra hermana, la menor, apareció cuatro años más tarde. Ese día sí lo recuerdo. Y también recuerdo que mis padres se habían encargado de entusiasmarnos con la llegada del Nenito, que resultó nenita pero a todo el mundo les pareció bien.

Como era hijo de músicos, a los siete años me pusieron a tocar el piano. Duré sólo unos meses, y nunca he entendido como mis padres permitieron que lo abandonara con la pobre e inexplicable excusa de que me dolían los dedos. Después de esto, a eso de “qué instrumento gustaría tocar, hijo” respondí que el violín. Mi madre se negó en redondo y, a continuación, se me ofreció la alternativa del violonchelo.

La frustración de aquella vocación no debía ser muy traumática porque mi madre insiste en que hasta los once años fui un niño muy alegre, y que era tan simpático, dice. Yo no tengo ese recuerdo. De hecho recuerdo muy pocas cosas, y ninguna especialmente estimulante. Sí recuerdo, pero, los clásicos de aventuras (Verne, Salgari, Fenimore Cooper …) de una colección de la editorial Bruguera donde cada dos páginas de texto había una que contaba la historia con viñetas. Yo me leía sólo las viñetas. También recuerdo el Capitán Trueno.

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