Revelaciones geométricas

This post is also available in: Català

White over red Mark Rothko, 1957

White over red Mark Rothko, 1957

Estás frente a una pared muy alta. Es de color verde, pero en lo alto hay pintado un gran rectángulo azul. Sonia te ha dicho que este año toca pintar las paredes de color naranja y el suelo de color rojo. Estás angustiado porque no sabes como lograrás llegar hasta allá arriba. Oyes un portazo. Te das la vuelta y detrás de ti sólo encuentras una oscuridad absoluta.

Era un sueño; cuando te das cuenta sientes un gran alivio. Sin moverte, antes de abrir los ojos, analizas tu estado. La resaca no parece de las peores, pero los hechos de la noche se confunden en una nebulosa intermitente de visiones desenfocadas y ondulantes que se van oscureciendo hasta desaparecer. Sientes una vergüenza abstracta que te precipita a un desánimo indefinido, profundo; y como inicio de una reflexión inevitable te preguntas qué estás haciendo con tu vida.

Dentro de un momento intentarás atrapar a un horario que parece que huya, como si quisiera escaparse con el día dejando atrás el trabajo pendiente. Has abandonado tus proyectos artísticos y apenas cumples con los encargos que te permiten ir tirando. Pasarás el día como podrás y cuando salgas del estudio irás directamente al bar. Al mismo en el que te encontrabas con los amigos antes de conocer Sonia. A ella no le gustaban, ni aquel bar ni tus amigos, y te arrastró hacia sus círculos. Ahora que te ha dejado, has vuelto a frecuentarlo. Te tomarás un par de copas y participarás en distintas charlas. Pero cuando todos se hayan ido volverás a sentir ese vacío que no sabes cómo llenar. Serás incapaz de retirarte y el ansia te empujará hacia otro bar, aunque sabes que ni allí ni en ninguna parte encontrarás lo que te falta. Seguirás bebiendo, porque sí, o porque verás chicas que te gustarán, o no, pero confiarás en que aparezca alguna; y te quedarás allí, dando sorbos de tu copa mientras esperas que pase algo. Y verás chicas bonitas, claro, pero no te atreverás a decirles nada, ni cuando alguna te mire con simpatía o incluso con interés como ocurre muchas veces mientras aún estás sereno.

Si fueras capaz de atender a estas señales, o de dejarlo aquí, tu rectángulo azul no habría aparecido. Pero no lo eres, y cuando hayas terminado la segunda copa volverás a cambiar de bar para seguir bebiendo y mirando a las chicas sin acercarte a ellas. Y no pensarás en el rectángulo, ni en que antes lo ocultaba el póster enmarcado de Corto Maltés que Hugo Pratt te dedicó personalmente, ni que al día siguiente será lo primero que verás cuando salgas del dormitorio, allí, centrado sobre el sofá y la alfombra, para evidenciar tu fracaso.

Porque en esta búsqueda absurda de no sabes qué, acabarás yendo a la discoteca. Y cuando finalmente el alcohol y el baile te hayan desinhibido, despreciando la última brizna de dignidad que quizás te quede, te dedicarás a intentarlo con todas las mujeres que tengas al alcance. Y fracasarás, evidentemente. Y quizás es mejor que sea así, porque la única vez que conseguiste tu objetivo, las consecuencias fueron desastrosas; ya te has comprado otro ordenador portátil, pero Hugo Pratt lleva más de quince años muerto. No has vuelto a ver a la chica que se los llevo, o no lo sabes, quizás tampoco la reconocerías. Por suerte, las cámaras y todo el material profesional están siempre en el estudio.

Que bajo el póster apareciera aquel azul —un color que había sido testigo de tu felicidad con Sonia— fue francamente deprimente. A veces piensas que sólo haría falta una mano de pintura para resolver tus problemas; de pintura blanca, seguramente; ya basta de colores. Toda la sala blanca; y el suelo de madera, tal vez. Este pensamiento te reconforta, pero la pintura y el rectángulo te devuelven al sueño y este al portazo que ahora te das cuenta de que era real y ha sido lo que te ha despertado. Abres los ojos, te levantas de un salto y te precipites hacia la sala. Lo primero que ves es el rectángulo azul recortado en el verde pistacho de la pared, pero con un vistazo rápido te basta para comprobar que el portátil sigue sobre la mesa y que no parece que falte nada.

*

Estás en el segundo bar de la noche. Vistes tu mejor ropa. Te has tomado una pastilla que te ha pasado un colega; se supone que debería darte el coraje que necesitas para acercarte a las chicas sin tener que emborracharte. Hace rato que miras a una que está rociando el local entero con su erotismo. Le has aguantado la mirada todas las veces que has tropezado con ella. Ahora viene hacia ti.

—¿Te gusto? —te dice cuando llega a tu lado.

Es de algún país del Este. Te molesta la pregunta, pero sobre todo la seguridad con que te la hace y el poco pudor que tiene en dejar claro que sabe que la deseas.

—¿Deberías gustarme?

—Hombre.

—Si quieres que te diga la verdad, para mi gusto te sobra un poco de culo y te falta un poco de pecho y, como no te cuides, tengo la sensación de que dentro de unos años estarás hecha una foca.

—Pero ahora mismo me follarías ¿verdad, si pudieras?

—¿Pagando?

—No me ofendas.

—¿Cómo te llamas?

—Natasha.

—¿De verdad?

—¿Tiene alguna importancia?

*

No los ves hasta que llegáis al portal de tu casa. Son dos, con la cabeza rapada, llenos de tatuajes y con unas pintas como los rusos malos de las películas. Te empujan hacia dentro y se meten contigo y con Natasha en el ascensor. Arriba, no hace falta que te den instrucciones para que les abras la puerta del piso. Entráis, uno de ellos la cierra, el otro hace un repaso visual rápido del espacio y se pone a gritarle a Natasha. Ella responde sin amilanarse. El que ha cerrado la puerta te coge por el brazo, te conduce hasta la ventana, baja la persiana, te obliga a sentarte en la silla que hay delante; te ata los brazos y las piernas con unas bridas y te tapa la boca con dos vueltas de cinta americana. El otro entra en el dormitorio. Cuando sale, vuelve a abroncar a Natasha. Empiezas a tener mucho miedo, has oído contar verdaderas monstruosidades de gente como esta. Pero es ella quien se acerca a ti. Te escupe en la cara y te pega un bofetón, no sabes si por lo que le has dicho de su culo o porque tienes una mierda de piso con un contenido miserable.

*

Natasha se ha sentado en una silla, ha cogido uno de tus cómics y lo hojea mientras fuma. Uno de los hombres ha salido y ha vuelto con muchas cajas de cartón. Ahora las llenan con los utensilios de tu cocina, tu colección de cómics, tu ropa… con todo lo que encuentran. Cuando terminan, el que parece de rango inferior viene hacia ti, te da dos guantazos y te pregunta dónde guardas el dinero. Te meas encima y le indicas el bolsillo de la chaqueta con los ojos. Encuentra la cartera, mira su contenido y te suelta dos sopapos más. El otro le dice algo, te deja en paz y se guarda la cartera en el bolsillo.

Descuelgan tus fotos, los dibujos de Moebius y de Manara; desmontan los muebles, las estanterías y los apliques de las paredes. Y en los lugares que ocupaban estos elementos van apareciendo los distintos colores que ha tenido la sala, uno distinto por cada año de los doce que viviste aquí con Sonia. Todas estas huellas tienen forma de rectángulo; algunos, incluso están en el interior de otros, vestigios de elementos más antiguos que ya no recordabas.

Por un momento, te haces la ilusión de que la aparición caprichosa de esta geometría coloreada tendrá algún efecto estético que podrás utilizar para un proyecto fotográfico. Pero seguramente es sólo un mecanismo que usas para distraer el miedo, porque enseguida constatas que la casualidad difícilmente lleva a un buen resultado cuando hay tantas variables. Entonces, intentas buscar la expresión de cada color de forma aislada, pero cuando empiezan a vaciar el piso y este repertorio de rectángulos se extiende por todas las superficies, incluso por el suelo, lo único que consigues es completar una crónica cromática de los recuerdos de tu vida en esta sala.

*

En el piso ya sólo estáis tú, Natasha y las sillas que ocupáis. Entra el jefe de la banda, la obliga a levantarse, le quita el cómic, le dice algo que, por supuesto, no entiendes, coge la silla y vuelve a salir. La sala está como si unos estudiantes de arte sin ningún criterio hubieran estado haciendo prácticas. La chica le echa un vistazo, como si acabara de darse cuenta de la transformación, pero enseguida pierde el interés. Se gira hacia ti, se te acerca, levanta un pie, ves un instante la suela de su zapato y la punta del tacón, giras la cabeza y recibes un golpe muy violento en el pecho. El talón se te clava entre dos costillas y el dolor te coge por sorpresa. Caes hacia atrás, la cabeza te golpea contra el canto de algo muy duro y acabas en el suelo, de lado.

—No estoy gorda —te dice.

Y se va.

Te sientes como un cuatro tirado de cualquier manera en el suelo. Te cuesta respirar, no sabes cómo es la herida que te ha hecho el tacón, ni si en la cabeza tienes sangre o sólo un golpe; el dolor es muy intenso en ambos sitios. También te empieza a doler el cuello, porque la cabeza te cuelga sin llegar a tocar el suelo y no sabes cómo ponerla. Te han dejado solamente con la ropa que llevas puesta y la silla que te tiene atrapado. Intentas moverte y notas el tacto desagradable de la orina fría en la tela de los pantalones. Esto ya no se resuelve sólo con una mano de pintura. Estallas en llanto. Las lágrimas difuminan el contorno de las formas y te parece que los dos rectángulos superpuestos que hay en la pared que tienes enfrente se aproximan a algún cuadro de Rothko. Buscas consuelo en este descubrimiento e intentas no dejar de llorar para conservar el filtro que te proporcionan las lágrimas. Y en un esfuerzo desesperado por encontrar composiciones con algún valor plástico, como si de ello dependiera tu vida, haces zooms imaginarios para aislar fragmentos en este conjunto absurdo de rectángulos.

@Albert Gassull 2014

Deja un comentario