Juventud

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Y fue con la hermana de la más guapa de la clase, una chica que tocaba el piano y leía a Proust, con quien gracias a la música, precisamente, tuve la primera relación un poco seria. Fue ella quien me dio a conocer Boris Vian (que no Vernon Sullivan) y Cesare Pavese, y su padre, que tenía una biblioteca impresionante y que se sorprendió de que leyera a Flaubert, me descubrió los mundos de Charles Dickens, Joseph Conrad y Henry James.

Estudiando arquitectura me interesé especialmente por el dibujo, y de este salté a la pintura, y de golpe me di cuenta que casi dedicaba más tiempo a los pinceles que a los estudios mientras iba dejando la flauta de lado.

Para huir de aquella situación tan convencionalmente ordenada (familia y novia, básicamente) no se me ocurrió otra cosa que ir a hacer la mili, circunstancia que la pianista aprovechó para romper nuestra relación y dejarme hecho polvo una buena temporada. Allí tuve bastante tiempo para leer. Recuerdo especialmente un título: La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, que me dejó otro recluta.

Volví del ejército hecho un golfo y sin ningunas ganas de currar. Así, ante la desesperación de mis padres, ese curso, en junio, conseguí no aprobar ninguna asignatura; en septiembre sólo me saqué una. También dejé la música (teóricamente, a favor de todo lo demás, que parecía un paquete más coherente) mientras mi padre me preguntaba si sabía qué quería hacer con mi vida.

Un poco más sereno, después de aquel primer año de reencuentro con la vida civil, conseguí terminar los seis cursos de la carrera. También descubrí la novela Bomarzo, de Mujica Láinez (gracias al conde Orsini y el Renacimiento italiano) y me enamoré de un lugar que no había visitado. Y también tuve otra novia (ésta, gran admiradora de Italo Calvino) con quien me casé antes de haber terminado los estudios.

Aquel matrimonio duró tres años. Al salir de aquella experiencia ya hacía tiempo que no pintaba y la fotografía la había dejado porque me habían robado la cámara y todos los objetivos. Tampoco había hecho el proyecto final de carrera, un trámite imprescindible para obtener el título. Vivía de hacer dibujos por ordenador cuando éste era una herramienta tan incipiente que aún había arquitectos que ponían en duda la eficacia. Fue entonces que leí Dinero, de Martin Amis y descubrí McEwan (con Primer amor, Últimos ritos), Auster (con El palacio de la luna) y una serie de autores de habla inglesa a los que no he dejado de seguir la pista

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