El precio del servicio

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Font: ElMundo.es Foto:Gtresonline

Presencia impotente cómo su coche se sube a la acera de enfrente y se estrella contra el escaparate de una tienda de lencería.

—¿No es tuyo ese coche que se va? —le acaba de preguntar la más bajita de las dos chicas.

Lo ha dicho satisfecha, saboreando la desgracia que estaba a punto de caerle encima, como si fuera un castigo por su descaro.

Él se ha girado, con la mano en la mejilla, aun desorientado por el guantazo que le ha propinado la otra chica, y ha visto toda la secuencia con el mismo detalle que ofrecen las imágenes de deportes a cámara lenta.

—Serás cerdo —le ha gritado antes de darle el tortazo—. No somos putas, tío.

Pues lo parecen. Por eso se ha detenido en la esquina, ha bajado del coche, se ha acercado a ellas y, sobreponiéndose a su timidez con mucho esfuerzo, les ha preguntado el precio del servicio.

Está claro que no ha frenado bien el coche.

Juan, hasta hoy, nunca había ido de putas. Algo se lo impedía. Algo que tiene que ver con la moral, seguramente, aunque no lo acaba de tener claro. La educación que recibió, que insistía en vincular el sexo con el amor de una manera indisociable, quizá tenga cierto peso. Pero tampoco debía de ser solo eso, porque nunca ha tenido ningún reparo en practicar sexo con chicas de las que no está enamorado. Pensar en pagar por follar lo hace sentir incómodo, eso sí, pero no puede decir mucho más.

Tiene amigos que sí van de putas. Paco, por ejemplo, cuando estaban en la facultad ya las frecuentaba; seguramente porque con las mujeres no le iba demasiado bien, ni con ninguna otra cosa, en realidad. O Maxi, que empezó a ir de putas cuando ya estaba casado porque se ve que le gusta hacerlo por detrás y su mujer no se deja. También está Vicente, que dice que no puede vivir si de vez en cuando no se da una alegría fuera de casa; y Mauricio, que, directamente, no concibe el sexo si no es pagando.

Él no los censura, pero siempre ha defendido su postura. Ni que lo inviten, suele decir; y a menudo cuenta que una vez declinó la oferta que le hizo la gerente de una empresa, en Tenerife, de enviarle una chica a la habitación del hotel.

Pero hoy, sin razón aparente, se ha decidido a probarlo. Seguramente, la decisión responde a la necesidad de resolver una inquietud, no tiene claro si consciente o no, que ha mantenido oculta. Y tal vez por eso es en Barcelona, lejos de casa, donde se ha lanzado a probarlo. Ha llegado esta misma noche, en coche, desde Zaragoza, su ciudad, porque mañana tiene una reunión a primera hora de la mañana. Después continuará el viaje hacia Valencia.

Todo ha empezado porque en la habitación del hotel, sobre la mesilla de noche, ha encontrado una revista con algunas de las ofertas lúdicas de la ciudad y una sección de anuncios clasificados. Había uno de masajes y, debajo, otro que decía “Chicas 24 horas”. Ha supuesto que lo de los masajes era un eufemismo para los tímidos y, algo nervioso, después de dudar un rato, ha llamado. Ha respondido una mujer.

—¿Un masaje?, ¿a esta hora? No, no hacemos.

Se ha sentido un poco idiota y ha colgado.

Unos minutos más tarde ha decidido llamar al número del otro anuncio.

Le ha desconcertado que le respondiera la misma voz y sólo ha conseguido balbucear algo que no se ha debido de entender del todo.

—A ver, ¿tú qué quieres, una chica?

Después de contestar que sí, la mujer le ha preguntado si estaba en un hotel y, cuando ha vuelto a responder que sí, también en cual y el número de la habitación.

Después de colgar, se ha dado cuenta de que no sabía el precio del servicio, ni las prestaciones, ni si aquello se pagaba por tiempo, por eyaculaciones, o por ambos conceptos.

¿Y si no se le levantaba?, ¿qué pasaría?

En medio de estas cavilaciones lo ha sorprendido el timbre del teléfono.

—Has pedido una chica, ¿verdad? —era la misma mujer.

—No —ha respondido.

—No poco, mamón. Que te follen, y no me vuelvas a hacer perder el tiempo, gilipollas.

La mujer ha colgado tan deprisa que no ha tenido tiempo de rectificar. Que te follen, qué paradoja. Se ha quedado con el auricular en la mano pensando que la curiosidad inicial se estaba convirtiendo en una necesidad irreversible. Que imbécil, ¿por qué había dicho que no? Podría haber vuelto a llamar y decir que se había confundido. Pero no se ha atrevido y ha colgado el teléfono.

Al final, ha decidido salir a la calle en busca de alguna prostituta. Y ahora su coche está empotrado en el mostrador de la tienda, sepultado por cristales y maniquíes en ropa interior femenina. Con el seguro que tiene, ya puede ir pensando en despedirse de él. Mira a las chicas. La bajita se reía, y la otra, a quien parecía que todo aquello le daba absolutamente igual, miraba calle arriba, hacia el infinito, impaciente, como si estuviera esperando a alguien.

Juan no sabe qué hacer. Pero no hay que hacer nada porque enseguida llegará una pareja de la Guardia Urbana, harán el atestado, avisarán a una grúa, precintarán el local, impedirán que el novio de la chica más alta —un tipo con una musculatura que parece de mentira— le pegue una paliza, y cuando, para aclararlo, las chicas les digan que Juan es un putero de mierda y que las ha abordado, le pondrán una multa de 750 euros por solicitar servicios sexuales en la vía pública.

©Albert Gassull 2013

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