Artistas

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Dalí y Man Ray, París, 16/06/1934. Fotografía de Carl Van Vechten

Están en la cama. La chica mueve la cabeza para acariciarle el pecho con la mejilla, con la frente, con la nariz, con los ojos; y le rodea el cuerpo con el brazo para estrecharlo con fuerza, buscando culminar la felicidad que la envuelve. O eso es lo que él interpreta, porque éste es el sentimiento que identifica en su actitud, reconoce los síntomas.

—Ay Enric, me encanta despertarme en tu casa y que me hagas el amor, es tan guay. —dice entre dos suspiros.

—Deberíamos levantarnos —responde él mientras le acaricia la cabeza moviendo los dedos entre sus cabellos cortos y finos—. Dentro de una hora los tendremos aquí y todavía no he preparado nada.

Ella lo abraza todavía un poco más fuerte.

—¿Quién es la chica que viene con tu amigo? ¿La conoces?

—No, nunca la he visto.

—¿Es su pareja?

—No lo sé.

Y se queda un momento en silencio, mirando al techo. Incluso detiene el movimiento de sus dedos.

—Claro que, en realidad, nunca sé cuál es la relación que Romà mantiene con las mujeres con las que sale.

Se queda inmóvil, todavía un instante más, recordando.

—Venga, Taís, déjame salir —añade cuando vuelve de esa ausencia momentánea; y le frota la cabeza de una manera que intenta que resulte simpática, pero que no acaba de ocultar su impaciencia.

La chica se aparta un poco, lo suficiente para que él pueda escabullirse y ruede hasta el extremo de la cama para levantarse. Sale del dormitorio, desnudo, para ir hacia el baño, con la mirada y la sonrisa de Taís clavados en la espalda. Más le vale empezar a pensar en como se las arreglará para terminar con esta relación que se le está complicando tanto y tan deprisa.

*

Está en la cocina rallando jengibre. La oye entrar y vuelve la cabeza para mirarla, se está secando el pelo con una toalla.

—¿A qué te referías con eso de sus novias?

Se gira y apoya el culo y las manos en el mármol. Taís deja la toalla en el respaldo de una silla. Parece un pajarito con ese cuerpo delgado bajo el vestido de tirantes, el pelo despeinado y la nariz puntiaguda. Es bonita.

—¿Qué?

—Romà, eso que dices que no sabes qué relación tiene con las chicas con las que sale y tal.

Le habla mientras saca un cartón de leche y una bandeja con quesos de la nevera, sin mirarlo. Y esta naturalidad, de repente, le molesta.

Taís va hasta la mesa, mete una rebanada en la tostadora y vuelve a mirarlo.

—¿Enric?

—Sí, perdona. Romà. Sí. Pues que es un tipo súper pasional.

—Eso está bien, ¿no?

—No lo sé. Supongo que es difícil de llevar. Se enamora con locura y pierde el culo hasta un extremo que no he conocido en nadie más. Le he visto hacer verdaderas tonterías.

—¿Es enamoradizo?

—No, no es eso. Es que cuando se enamora lo hace muy intensamente. Además, siempre se cuelga de modelos, o de bailarinas, incluso de una trapecista, una vez. Pero lo que quería decir es que nunca sé en qué se concreta toda esta pasión, ni qué respuesta tiene. Y no es porque no me lo explique, me he pasado muchas noches de borrachera escuchando sus delirios, pero casi nunca se si lo que me está contando es la historia de una relación o la de su propia paranoia.

Como Taís no dice nada, continúa.

—Aunque creo que para él es exactamente lo mismo, me parece que no sabe vivir de otra manera.

—¿Por qué?, ¿cómo vive?

—Sufriendo. Necesita sufrir. O no puede evitarlo. Es demasiado sensible a la belleza, se queda atrapado en ella. Tiene una relación emocional con todo lo que hace. Y una sensibilidad diferente a la de nadie que hayas conocido. Me imagino que eso es lo que lo hace tan genial, y no me refiero sólo como pintor.

Mientras Taís lo mira con curiosidad, como si tuviera que procesar aquella manifestación espontánea de entusiasmo, la tostadora hace un clic y media rebanada sobresale de la boca del aparato. Enric decide interpretarlo como una señal y vuelve a ponerse de cara al mármol para seguir preparando la ensalada. Veintiún años, diez menos que él. ¿Es su juventud el problema?

Taís acaba de desayunar, recoge lo que ha utilizado y sale de la cocina.

Cuando vuelve a entrar, Enric está agachado delante del horno, envuelto en vaho, regando una pata de cordero con jugo de limón mezclado con ajo y perejil.

—Qué bien huele. ¿Te falta mucho? Son más de las dos. ¿No deberían estar aquí, ya?

—No te preocupes, una hora de retraso es puntualidad para Romà.

—¿Ah, sí? O sea, y entonces, ¿a qué venía tanta prisa y tal?

—¿Qué prisa?

—Da igual —dice, y vuelve a salir.

*

Cuando suena el timbre, Taís lo acompaña a la entrada para recibir a los invitados. Los hombres se abrazan con sinceridad mientras las chicas cruzan miradas en las que parece que se evalúen. Hacen las presentaciones. Se llama Rocío y es de Almería. No le sorprende que sea tan guapa, pero sí el aura que la rodea, de una sensualidad tan turbadora que le sacude el interior con una violencia sólo comparable a su desconcierto. Seguro que el vestido ayuda —dibuja perfectamente las líneas de lo que cubre y deja al descubierto unos brazos y unas piernas de trazos casi perfectos—, pero aún así no es normal, esto a él no suele ocurrirle.

Vista a su lado, Taís ha quedado resumida en aquel pajarito.

—Siempre me ha gustado tu casa, con todo este espacio, la vidriera y esta luz—dice Romà, que se ha detenido en la entrada del salón. Y Enric sigue su mirada, que vuela en círculo y acaricia las fotografías que hay en las paredes, planea por encima del piano, de la mesa preparada para la comida, de los sofás colocados en ele y se escapa por el ventanal del fondo hasta que se pierde en las fachadas del otro lado del patio—. Al menos has tenido la suerte de que te ha dejado el piso.

—De momento, sí. Pero aún no está todo dicho. Sentaos —y les indica la zona de estar con un gesto de la cabeza—. ¿Queréis tomar algo?

Vuelve al salón con las bebidas y ocupa el lugar que ha quedado vacío, a la izquierda de Taís, en el sofá que mira hacia el ventanal. Taís le está respondiendo a Romà que no fue a la manifestación porque no estaba en Barcelona.

—Y tú, Enric, ¿fuiste?

—Sí.

—Qué multitud, ¿verdad?

—Sí, una pasada.

Pero está pendiente de Rocío, que no muestra el más mínimo interés por ninguno de los presentes. Descansa relajada en el extremo más alejado del otro sofá y rastrea con la mirada la pared que tiene delante, al otro lado de la sala; parece que examina las fotografías que hay colgadas. Enric echa un vistazo casi de forma refleja; son ampliaciones de 30×40, en blanco y negro, una selección de las mejores imágenes de su etapa de fotógrafo. Vuelve a mirarla; Rocío ha inclinado el cuerpo hacia delante, quizás para ganar unos centímetros a la distancia que la separa de las fotos, porque ahora no tiene ninguna duda de que las está observando con atención. Romà sigue hablando de la manifestación. Taís lo escucha, sonríe y de vez en cuando asiente con la cabeza. Rocío se levanta y cruza la sala en diagonal; va hacia las fotografías que hay en el lado izquierdo de la pared, como si tuvieran un orden establecido o se tratara de una exposición. Enric, para seguir su trayectoria, tiene que girar la cabeza y mirar por encima del respaldo del sofá. Romà dice: y a ver qué pasa ahora, con las elecciones. Enric lo mira y tropieza con sus ojos, le sonríe y se vuelve a girar con la intención de preguntarle a Rocío que le parecen las fotos.

—¿Y como te va el trabajo, Enric?, ¿tienes muchos bolos? —oye que dice Romà.

—No me puedo quejar —responde, mirándolo de nuevo, pero sin poner demasiada atención—, entre la banda y el cuarteto voy tirando. Con esto y las clases me arreglo bastante bien —añade, casi por educación.

“Y también me han encargado la música para una serie de televisión”. Pero ya se lo dirá en otro momento. Se levanta y se acerca a Rocío, que está delante de una foto, mirándola con la espalda muy derecha y las piernas cruzadas.

—¿Qué?, ¿comemos? —dice Taís, de repente, como si aquello fuera su casa.

Y Rocío, igual que una bailarina mecánica accionada por un muelle, se pone de puntillas, hace un giro ágil y rápido, y termina la pirueta de espaldas a la pared, con los pies en una posición imposible, que debe ser la troisième, y los brazos cruzados bajo los pechos. Enric se ha detenido en seco, a menos de un metro, y se encuentra con unos ojos negros que miran tan profundamente dentro de los suyos que parece que hayan descubierto algo.

—Chulísimas —le dice con una sonrisa, respondiendo a la pregunta que Enric tiene en la cabeza—. ¿Las has hecho tú?

—Sí.

Y a él le gustaría quedarse allí y seguir hablando con ella de sus fotos, pero Rocío desaparece y lo deja de cara a la pared, ante una fotografía que se sabe de memoria, porque Romà y Taís se dirigen hacia la mesa y ella ha hecho lo mismo.

Va a buscar la ensalada a la cocina. Cuando vuelve, los demás se han sentado de manera que las parejas quedan simétricamente enfrentadas. Abre el vino y Romà explica que lo han contratado la universidad de Kiev para ir a impartir unos talleres de pintura.

—Ay, te vas a Rusia, qué envidia —dice Taís que se ha animado de golpe, o que ya ha cogido bastante confianza—. ¿Me traerás unas muñecas de aquellas tan bonitas? O sea, muñecas rusas, de aquellas que van unas dentro de las otras, ¿sabes?

—Kiev no está en Rusia, Taís —dice Enric.

—Ay, me encantaría ir. ¿Tú has estado en Kiev, Rocío?

—No, no he viajado mucho, pero en el negocio se mueve más de un ucraniano, aunque no se si hay ninguno de Kiev.

—Brindemos por las muñecas rusas —dice Romà levantando su copa—. Ya te buscaré una Matrioska, supongo que también habrá, aunque diría que en Ucrania son más típicos los huevos de Pascua. Venga, va, por los huevos, las muñecas y la artesanía popular.

Y brindan. Y Romà explica que el origen de las muñecas rusas es japonés. Y Taís dice: ¿japonés? O sea, ¿de Japón y tal? Y Romà no le responde, pero sigue hablando de cómo el arte popular está presente en las obras de los artistas de las primeras vanguardias rusas. Y Taís dice: Ah, sí, eso de la vanguardia es lo que hacía Mayakovski en el teatro, ¿verdad? Y Enric quisiera que se lo tragara la tierra y mira de reojo a Rocío, pero no ve que preste atención. Y Romà aclara que las vanguardias no son “algo” que se haga; y da la impresión de que se ha embalado y que tiene ganas de charlar porque sigue explicando la evolución del arte a principios del siglo XX en los países que se convertirían en la Unión Soviética. Taís aprovecha uno de los momentos en que Romà deja de hablar, porque está masticando, para preguntarle a Rocío si está viviendo en Barcelona.

—Sí, hace seis meses.

—¿Y viniste por trabajo y tal?

—Sí, aquí hay más movimiento.

Pero Romà ya está diciendo que precisamente Kiev es la ciudad de Tatlin y Malevich. Y Enric mira a Rocío mientras se pregunta si aquellos dos se acuestan juntos y, si lo hacen, si follan; pero la chica vuelve a estar concentrada en la comida, sin dar señales de que la interrupción le haya afectado mucho. Y Romà, entusiasmado con lo que está explicando, hace un recorrido completo por las vanguardias europeas del siglo XX y da su discurso por concluido cuando se termina la ensalada, que califica de contracomposición de gustos disonantes, como si necesitara que todo fuera coherente con su disertación.

—Disonantes, pero buenísimos —dice Rocío, que se seca los labios con la servilleta y mira a Enric con simpatía.

—Que bien que cocina Enric, ¿verdad? —dice Taís mientras le coge la mano que y se la coloca entre los muslos antes de que él pueda darse cuenta —¡Todo lo hace tan bien! Es un crack.

Entonces mira a Rocío, mira a Romà, cierra los ojos y empuja la mano de Enric hacia abajo utilizando los dos brazos; echa los hombros hacia atrás, de manera que sus pechos jóvenes moldean la tela delgada del vestido, y pone todo el cuerpo en tensión, como si tuviera un escalofrío de placer recordando el último orgasmo de aquella mañana. Se mantiene en esta posición un instante, vuelve a abrir los ojos, mira a Enric, sonríe, ladea un poco la cabeza, detiene un momento los ojos en sus labios y, a continuación, resigue su cuerpo con la mirada hasta un punto concreto bajo la mesa. Para terminar, deja caer los párpados despacio y vuelve a mirar a los invitados, sonriente y relajada, como si en ese momento tuvieran que ponerse a aplaudir.

Enric, sin decir nada, retira la mano y evita cualquier mirada. Procura esbozar una sonrisa que tiene la sensación de que no le acaba de salir demasiado bien, se levanta y va hacia la cocina mientras intenta analizar qué lo está poniendo tan nervioso.

Vuelve al comedor cargando la bandeja del horno con la pierna de cordero humeante. En la mesa nadie habla. Es el momento de volver a las fotos, o la ensalada de sabores disonantes, pero su subconsciente parece que va en otra dirección.

—Taís es actriz —dice, mientras deja la bandeja sobre la mesa.

—Ah —dice Rocío.

—¿Ah sí? —dice Romà— ¿Estás actuando en algún sitio, ahora?

Rocío mira a Romà de reojo, como si le hubiera sorprendido la pregunta.

—No, acabo de volver de New York; por eso no estaba aquí para la manifestación.

—¿Has estado trabajando en Nueva York? —dice Romà, después de echar una mirada fugaz de amonestación a Rocío.

—No, ya me hubiese gustado. He estado estudiando interpretación y tal. En Juilliard.

—¡En Juilliard! ¿Has hecho la carrera allí?

—Sí, bueno, no toda. O sea, he vuelto para empezar a moverme por aquí y tal. Para presentarme a los castings de la tele, o sea, ya me entiendes, o sea, para las series, o sea, y tal ¿sabes?

—Supongo —dice Romà, que por un instante parece desorientado—. No debe ser fácil, ¿verdad? Debe de haber mucha competencia, tengo la sensación de que las artes escénicas se ha puesto de moda.

—Sí, es un mundo muy duro. O sea, hay mucha gente, o sea, con tantas escuelas de interpretación y tal en Barcelona.

Romà mira a Enric que está de pie cortando la carne. Enric se da cuenta y le responde levantando las cejas y encogiéndose de hombros.

—¿Has visto a alguien de la clase, últimamente? —le pregunta Romà.

—A Ori, sí. Ahora es el batería del cuarteto, ¿no te lo había dicho? A los demás hace tiempo que no los veo. Deberíamos montar un encuentro con todos los del grupo, una cena o algo.

La mención de los antiguos amigos de infancia lleva a Romà a rememorar tiempos pretéritos mientras Rocío, que había seguido con una media sonrisa muy particular la conversación con Taís, se vuelve a concentrar en la comida. Taís —que parece sorprendida de haber perdido el protagonismo de una forma tan repentina—, al encontrarse fuera de su ámbito de conocimiento da la sensación de haberse desorientado, pero no tarda en reaccionar y enseguida vuelve a prestar atención, con toda probabilidad a la espera de una ocasión para meter baza.

Enric no sabe cómo montárselo para dirigirse a Rocío con la excusa de las fotografías, de la ensalada o de lo que sea; y Romà, que cuanto más bebe más habla, sigue contando historias, que Enric ya se sabe de memoria, hasta que dice tío, que bueno estaba este cordero. Y se vuelve a quedar callado, como si con cada plato terminara un acto de su representación.

—Sí señor, estaba delicioso —dice Rocío, que da la impresión de que se haya sincronizado con él—. Sí que eres un buen cocinero, sí.

—Gracias —se apresura a responder Enric—. Es una receta marroquí, ya te la daré. Se hace con yogur, limón, ajo, perejil y pimentón. La ensalada de antes —hace un gesto con la mano para impedir que Taís lo interrumpa— también lleva limón, perejil, cilantro y un poco de jengibre; ah, y ajo; la mezcla con la acidez de las fresas y la piña es lo que le da las “disonancias”.

»Y las fotos, qué, ¿te han gustado, entonces? —dice, cuando cree que ya ha conseguido ganarse ese espacio que tanto necesitaba.

—Sí, ya te lo he dicho.

Y en la mesa se vuelve a instalar el silencio.

—¿Qué os parece si recogemos esto y sacamos los postres? —dice Taís, que no espera respuesta para levantarse y ponerse a amontonar los platos para llevárselos.

*

Enric vuelve de la cocina con un bavarois de frambuesa rodeado de nata y una botella de cava. La mesa sigue en silencio. Sirve el postre y el cava y vuelven a brindar, esta vez sin ningún objetivo definido.

Debería volver a recuperar el interés de Rocío pero se ha quedado con una extraña sensación de ridículo que no sabe cómo gestionar. Decide cambiar de tema.

—¿En que estás trabajando, ahora, Romà? Hace tiempo que no paso por tu estudio.

—Hostia, pues tienes que venir, tío. Estos días voy de culo porque tengo que terminar de preparar una exposición que se inaugurará el próximo mes. Estoy haciendo telas de gran formato, con texturas, mezclando técnicas, investigando nuevos campos; una pasada. Tienes que verlo, Enric, me parece que lo estoy encontrando, de verdad. ¿Sabes aquello de lo que siempre te hablo? Pues creo que ya lo tengo, o casi. Hacer la exposición ahora no es lo que yo preferiría, pero cogí el compromiso hace más de un año y, si les fallo, los de la galería no me lo perdonarán; así que estoy terminando lo mínimo para montarla, pero estoy en la línea de lo que estoy seguro que…

—¿Y qué tipo de pintura haces, abstracta o figurativa? —dice Taís.

—Espectacular —dice Rocío mientras deja la cucharilla en el plato.

Y Enric la mira de reojo intentando adivinar a qué se refiere.

Romà se queda un momento en silencio, sin dejar de mirar a Enric, como si la pregunta, además de interrumpirlo, lo hubiera desconcertado. Enric, que no sabe si interpretarlo como una demanda de auxilio, levanta las manos de la mesa, las abre mostrándole las palmas y vuelve a encogerse de hombros mientras intenta poner cara de resignación, o de impotencia.

—Para que me entiendas y tal —responde Romà al cabo de un momento—, te diré que figurativa —y deja caer un poco la cabeza hacia adelante, antes de mirarla, pero sólo de soslayo.

—¿Qué quieres decir con eso de para que te entienda?

—Quiero decir que en mi pintura se reconocen formas que podrías identificar —y ahora la mira directamente—. Si ves mis cuadros, quizá interpretarás que son figurativos, o quizá no, no lo sé. Esto es lo que quiero decir.

—Pero, o sea, ¿son paisajes?, ¿bodegones?, ¿retratos?

—Depende.

—¿De qué?

—Es más complicado que eso. Ven a la inauguración, o pásate por el taller un día, si quieres, y te lo explico.

—Ay, por el taller, ¿en serio? Me encantará. ¿Verdad cariño que nos encantará? —dice cogiendo la mano de Enric entre las suyas— Y tú, Rocío, ¿también eres pintora?

—Rocío hace unas fotos muy guapas —dice Romà.

—Hostia, así que eres fotógrafa —dice Enric, viendo por fin su oportunidad y sacando la mano de entre las de Taís—. ¿Sabes que cuando estudiaba me gané la vida con la fotografía? Incluso hice fotos para catálogos de objetos de regalo, imagínate. A mí lo que me gustaba, sin embargo, era la vertiente artística. Bueno, ya lo has visto. Me pasaba horas estudiando las fotos de los grandes, tratando de aprender. ¿Cuáles son tus referentes, Rocío?

—No sé si tengo. Me refiero a que no trato de imitar a nadie.

—¿Qué tipo de fotos haces? —pregunta Taís.

—Las que me gustan, no sé, de todo un poco.

—¿Trabajas en alguna agencia, por encargo, o eres freelance y tal?

—No, no vivo de la fotografía, sólo es un hobby.

—Ah ¿no? O sea, ¿y de que vives, entonces?

—De la prostitución —responde mirándola a los ojos.

—Ah —dice Taís, que de inmediato desvía la mirada para tropezar con la mueca de dolor en que se ha convertido la cara de Romà.

—¿Café? —dice Enric al cabo de tres mil millones de nanosegundos.

—Para mí, no; tengo que ir a currar —dice Rocío—. Gracias por la comida, todo estaba muy bueno.

Y sin esperar ni un instante, se levanta y se cuelga el bolso. Pone una mano en el hombro de Romà, que se ha quedado petrificado en la silla, y se agacha para darle un beso en la mejilla. Cuando vuelve a incorporarse mira directamente a Taís, que aún no sabe dónde poner los ojos.

—Chiquilla, es una pena que te lo hayas dejado perder, de verdad. Si en la cama es realmente como en la cocina …

Le guiña un ojo a Enric mientras sonríe con la mitad de la boca, se da la vuelta y se marcha sin dar tiempo a que nadie reaccione.

En la mesa, callados e inmóviles, oyen como se cierra la puerta de la entrada.

—¿Qué ha querido decir? —pregunta Taís con las facciones tan desencajadas que parece que le hayan dejado de funcionar los músculos faciales.

—No puedo soportarlo —dice Romà, con los codos sobre la mesa y agarrándose la cabeza con las dos manos—, cuando se va a trabajar no puedo soportarlo.

©Albert Gassull 2015

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