Tres parejas

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—¿Sabes qué me gustaría hacer, ahora?

Marc aparta la vista de su vaso y la mira.

—Abrazarte y llenarte de besos.

Están en el sofá, sentados de lado.

Mireia, con un giro ágil, se sienta sobre las rodillas de Marc, con las piernas abiertas y los pies sobre los cojines, pegados a sus caderas. Le quita el vaso de las manos, lo deja sobre al mesilla, desliza el culo sobre sus piernas para acercarse más a su cuerpo, lo abraza y lo besa. A Marc se le despierta una pasión imprevista y repentina, y se entrega a la boca de la chica. Le acaricia la espalda por debajo de la camiseta y ella arquea el cuerpo para que pueda tocarle los pechos. Se separa de su boca y lo mira.

—Pensaba que sólo tenías ojos para Claudia.

Y vuelve a besarlo. Él mete las manos bajo su falda, buscando la goma de las bragas, pero ella aparta la cara y le sonríe.

—Tengo la regla.

—No me importa.

—A mí, sí.

La vuelve a besar, pero ella se vuelve a apartar.

—¿Y si se levanta alguien y nos encuentra así?

—¿Y eso se te ocurre ahora? Vayamos fuera.

—Ya tendremos tiempo. Mañana ya me habrá terminado de bajar.

Le da un beso y se levanta.

—Esto no se hace, Mireia.

—He dicho abrazarte y llenarte de besos.

Le guiña un ojo y se va por las escaleras al piso superior a dormir con Enrique, su marido.

La casa que han alquilado para pasar el fin de semana tiene los tres dormitorios arriba, uno para cada pareja. Las parejas son Marc y Claudia, Enrique y Mireia, y Ramón y Silvia. Y es en Silvia, precisamente, en quien se pone a pensar Marc mientras está allí, sentado, con una erección incómoda que no le encaja en el espacio que le dejan los pantalones. No sabe por qué piensa en ella, tal vez porque, puestos a liarla, Silvia es un poco más guapa que Mireia. O quizás porque cree que Silvia no le hubiera venido con la ñoñería de la regla y ahora estarían follando en el bosque como dos animales salvajes. O sólo para no pensar en Mireia; con esta tontería han estado a punto de destruir el equilibrio de una relación muy especial.

Cuando se acuesta, Claudia duerme dándole la espalda. Se arrima a ella, le coloca el pene erecto entre las nalgas, le acaricia los pechos y le da besos en la nuca. Claudia presiona la erección, mece las caderas despacio y al cabo de un momento se mueve para facilitarle la entrada. Él lo hace con cuidado, sin prisa, como si no quisiera terminar de despertarla. Cuando terminan, se duermen hechos un nudo, no saben hacerlo de otra manera. Por la mañana, antes de desenredarse, vuelven a hacer el amor.

*

El sábado tienen programada una excursión. Serán cuatro horas hasta los lagos. Se bañarán, harán un picnic con lo que han preparado, holgazanearán, jugarán al frisbee o a palas, y volverán a la casa para cenar.

Ramón y Enrique enseguida se adelantan. Con la excusa de que es botánico, Mireia no para de detener a Marc para hacerle preguntas. Cuando pierden de vista a Silvia y a Claudia, lo saca del camino, la empuja contra un árbol, lo besa con urgencia y le empieza a desabrochar el cinturón.

Él la coge por los hombros y la aparta con firmeza pero sin brusquedad. Mireia deja caer los brazos a los lados y él la suelta.

—¿No quieres?

—Mireia, no …

—¿Y ayer, sí?

—No sé, ayer me cogiste desprevenido.

—¿Y ya está?

—Es que no creo que sea lo más acertado, de verdad. Y después, ¿qué? No te habrás enamorado de mí, ¿verdad? A estas alturas tendría delito, la cosa.

—No, claro que no —dice con cierto desánimo; y aparta la vista, como si buscara algo en un punto lejano a su derecha—. Es que quiero probarlo con alguien que no sea Enrique. En realidad no quiero nada más, sólo probarlo.

—Pues prueba con alguien que no te quiera tanto.

—¿No te gusto?

—Claro que me gustas, lo sabes perfectamente. Y también me gusta Silvia y muchas otras chicas. Y me encantaría hacer el amor con todas si no fuera por el riesgo que supone. Afortunadamente, no me encuentro muy a menudo en situaciones como la de ayer.

—Joder, todos los tíos sois iguales.

—Mira quién habla, la que quiere tener una experiencia nueva a espaldas de su marido.

A Mireia se le escapa un poco la risa, como si se hubiera resignado y encontrara que la situación es graciosa. Marc le da un beso en la mejilla, le pasa el brazo por encima de los hombros y vuelven al camino.

—Va, mujer, no seamos hipócritas. Si no fuera por las convenciones, la educación, los celos, los problemas que nos traería y yo qué sé cuántas cosas más, nos estaríamos follando unos a otros siempre que nos gustásemos. Si no lo hacemos no es porque en el fondo no tengamos ganas.

Mireia lo mira, le pasa el brazo por detrás de la cintura y siguen el camino agarrados.

—Yo sólo he dicho que quería probar con otro, no que me quiera follar todos los tíos que encuentro atractivos.

—Es porque ahora sólo tienes esto en mente, probar algo nuevo. Si ya lo hubieras hecho, pensarías como yo.

—No sé si acabo de entenderte.

—Es sencillo, imagínate que vives sola en una isla desierta donde van apareciendo, de uno en uno, tíos jóvenes, escultóricos y simpáticos para estar allí unos días; seguro que te los follarías a todos sin ningún problema.

—Muy bien, pero no tengo esa suerte. Y además, ahora, eso a mí me da igual. ¿De donde saco un tío que me guste y que se quiera meter en la cama conmigo?

Al cabo de un rato ven a Claudia y a Silvia esperándolos, sentadas en unas piedras al margen del camino, que los saludan con la mano.

*

Después de la excursión, la cena les sienta muy bien. Nadie tiene prisa por irse a dormir y alargan la sobremesa con los gin-tonics que va preparando Ramón. La mesa es redonda y no muy grande. Chicos y chicas se sientan alternados y cada uno está al lado de su pareja. María y Marc están de frente.

—Mientras subíamos hacia los lagos —dice el Marc—, Mireia y yo no nos poníamos de acuerdo sobre un tema sexual.

Todos lo miran, esperando que continúe. Sólo él se da cuenta de que Mireia se pone un poco tensa. Sonríe.

—Yo defendía que si no fuera porque nos traería problemas, nos estaríamos follando unos a otros siempre que nos gustásemos y tuviéramos ganas.

—¿Y por qué hablabais de esto? —dice Enrique, el marido de Mireia.

—Pues no lo sé, la verdad.

—¿Qué pasa, que te la querías ligar? ¿Quieres follarte a mi mujer?

—Enrique, ¿qué te coge? —dice Mireia.

—Mira —dice Marc—, si pienso sólo en ella, sin tener en cuenta nada más, pues sí, me encantaría follar con ella. Y con Silvia, también. Y a ti, seguramente, también te gustaría follarte a Silvia y a Claudia, o a las dos a la vez. Y seguro que vosotras, chicas, si no hubiera nada que os lo impidiera, y no tuviera ninguna consecuencia negativa, también os follaríais a Ramón o a Enrique. O a un servidor, espero.

—¿Y por qué te has de querer follar a Mireia, eh? —dice Enrique.

—Hombre, pues porque está muy buena.

—Pero tú no estás de acuerdo, ¿verdad, Mireia?

—¿En qué? Lo siento, me he perdido.

—Va, Enrique, deja de hacerte el estrecho —dice Marc—. Será que hoy no se te iban los ojos todo el rato hacia Claudia y Silvia cuando estaban en pelotas; joder, que te he calado, tío. Y las mujeres, ¿qué me decís del culo de Ramón? Seguro que os habéis fijado en el cuerpo que tiene, parece un bailarín. ¿Y Enrique, qué? Si está hecho un atleta. ¿No os ponen calientes los tíos buenos? Y, si os ponen calientes, ¿no os los tiraríais?

—Para de decir sandeces, Marc —dice Claudia.

—Claudia, bonita, si yo no existiera y te encontraras sola con cualquiera de estos dos (y no conocieras a sus parejas, por supuesto), ¿no te irías con cualquiera de ellos a la cama?

—Hombre, visto así —dice Silvia.

—¿Dónde quieres ir a parar? —pregunta Ramón.

—A ver, es sólo una reflexión, pero somos modernos, jóvenes y estamos todos bastante bien. Es una pena que desaprovechamos la ocasión de disfrutar del placer que nos podemos proporcionar unos a otros.

—¿Y qué propones, que montamos una orgía? —dice Silvia.

—A mí me toca un tío y le parto la cara —dice Enrique.

Todos lo miran como si no lo entendieran.

—Lo digo porque las orgías son un lío y al final, si te descuidas igual te acaban dando por el culo. A mí no me toca ningún tío, ¿vale?

—Tranquilo, hombre, tranquilo —dice el Marc— olvidémonos de la orgía.

—¿Y un intercambio de parejas? —dice Mireia.

—¡Mireia! —dice Enrique.

—Anda que no te gustaría pasar la noche con Claudia o con Silvia —le responde ella.

—¿Qué? ¿Somos capaces de quitarnos los prejuicios de encima y hacerlo? —dice Marc— Va, y para que Enrique no se enfade, que Mireia se vaya con Ramón.

*

Cuando Mireia baja por las escaleras, Claudia, que está echada en el sofá, se sienta con las piernas cruzadas y se envuelve con la manta.

—¿Cómo es que estás aquí? —dice Mireia.

—Tu Marido ronca que no veas.

Si hubiera estado en su cama, lo hubiera echado, pero estaba en la cama de él. Al final habían sido las chicas las que habían cambiado de dormitorio, Enrique había dicho que él no se metía bajo unas sábanas que hubiera utilizado otro hombre.

—Ya. Y además de manosearte sin ninguna gracia te habrá dejado con las ganas, ¿verdad?

A Claudia le duele haber descubierto en qué consiste la vida sexual de esos dos. Esto la hace sentir incómoda y no responde. Mireia parece que se da cuenta y sonríe con tristeza

—No pasa nada —le dice.

—Y tú, ¿qué?, ¿por qué has bajado?

—Tampoco podía dormir —la mira a los ojos y se le ensancha la sonrisa hasta iluminarle toda la cara—. Qué pasada, tía. Qué pasada, Ramón. No te lo vas a creer. Qué imaginación, y qué cantidad de recursos, y como me tocaba, y yo que sé, oye. Me corría una vez y otra, y él que no paraba, y no sé cuántos orgasmos llevaba cuando se ha corrido conmigo, y entonces ha continuado con la boca, y qué lengua, chica, y que labios y qué manos y qué dedos, y yo venga a tener orgasmos y otra vez a follar. Y ahora por aquí y luego por allí. Hostia puta, Claudia, se me encadenaban uno tras otro. He perdido la cuenta. Y yo diciendo más, si, si, más. Hasta que al final le he dicho basta. Y va y me pregunta si estoy bien. ¿Bien? En el cielo, estaba, en el cielo. ¿Como querías que me durmiera? Él sí que se ha dormido. Me he quedado temblando a su lado y al cabo de un rato me he levantado. Uaaaahhhhh. ¿Quieres un té, o unas hierbas?

—No, gracias.

Y Mireia mete en la cocina.

Claudia no deja de pensar que Silvia, su mejor amiga, está en la cama con Marc. Quizás hubiera preferido que fuera Mireia. Marc y ella tienen una relación tan curiosa que igual hubieran dormido abrazados y basta. Cuando los conoció, creyó que eran pareja. Le costó entender que en aquella relación tan íntima y cariñosa no hubiera sexo. Quien no lo ha entendido nunca ha sido Enrique, seguro, por eso se había puesto tan nervioso durante la cena.

La aparición de Silvia interrumpe sus pensamientos. Verla le produce una alegría súbita que trata de disimular.

—¿Tampoco puedes dormir? —le pregunta.

—He dormido un rato.

No parece que encontrarse a Claudia la haga sentir especialmente cómoda. O quizás es que no esperaba encontrar el sofá ocupado.

—Pero me he despertado, he pensado en mañana por la mañana y, no sé, he preferido levantarme.

Mira a su alrededor, como si no supiera qué hacer. Apoya el culo en el respaldo del sillón que tiene al lado y echa un vistazo distraída a los objetos que adornan las paredes.

Mireia entra en la sala con una taza humeante en las manos. Cuando ve a Silvia, la deja sobre la mesa, se acerca a ella y le da un abrazo, fuerte, largo, sincero. Silvia, sin entender qué está pasando corresponde a medias rodeándola con los brazos. Mireia deshace el abrazo y la mira de cerca cogiéndole la cara con las dos manos.

—¡Qué suerte tienes, Silvia! Qué contenta estoy, de verdad. Me alegro tanto por ti. ¡Qué vida, chica, qué vida!

Le da un beso que resuena en toda la sala y la vuelve a abrazar muy fuerte. Se separa de ella, mira a Claudia y se pasa un dedo por el ojo derecho, como si se secara una lágrima.

—¿Verdad que no volverás con Enrique? —le pregunta—. Si no te importa me voy a mi cama.

—Claro, mujer.

Y se va hacia el piso superior dejando la taza intacta sobre la mesa.

—¿Qué le ha cogido?

—No lo sé. Oye, si no tienes ningún interés en despertarte junto a Marc …

*

Marc abre los ojos y se encuentra a Claudia de cara, muy cerca, mirándolo.

—Eres tú. Qué bien.

Le ha salido del alma y eso la hace feliz. Le da un beso e inician un juego amoroso donde se sincronizan las sensaciones, donde el placer está en cada caricia, cada movimiento, donde la excitación crece sin sacudidas, se intensifica hasta que es casi insoportable y estalla como una erupción que libera emociones recónditas.

Se están un rato abrazados, con las piernas enlazadas, en silencio. Claudia se restriega contra el Marc, como si quisiera fundirse en su cuerpo.

—Qué suerte tenemos, Marc.

—Sí que tenemos suerte, sí.

—¿Crees que ha valido la pena, todo este lío?

—Todavía no lo sé.

—¿Qué pasa, necesita el feedback de Silvia?

—No, no me refería a mí. Y tú, ¿qué?

—Un desastre. No he conocido tío más torpe en la cama.

—Joder, lo siento.

—Por quien deberías sentirlo es por Mireia, que es tu amiga.

—Nunca he entendido que vio en este tío.

—Y a ver si no se te ocurren más tonterías de este tipo.

—De verdad que lo siento.

Cuando bajan a desayunar se encuentran a Ramón y a Silvia, sentados a la mesa, charlando de muy buen humor.

—¿Dónde están Mireia y Enrique? —pregunta Marc—. No deberíamos dormirnos si queremos ir a la ermita y estar en el restaurante antes de las tres.

—Se han largado —dice el Ramón—. Cuando hemos bajado, ya no estaban. Han dejado una nota diciendo que volvían a Barna. Sin más explicaciones.

Desayunan. Nadie parece interesado en comentar las experiencias de la noche y se dedican a concretar los planes del día. Mientras recogen la mesa, a Marc le vibra el móvil. Lo saca, mira la pantalla y no es consciente de la cara de satisfacción que pone. Cuando levanta la cabeza se encuentra los ojos de Claudia que lo miran directamente.

—¿Mireia?

—¿Cómo Lo sabes?

—¡Serás Cabrón!

©Albert Gassull 2014

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