Fibonacci

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Fibonacci 1

Voy hacia la oficina de correos a recoger un libro que hace días que espero. No me gusta ir a correos, los trámites son lentos y nunca sabes cuánta gente habrá haciendo cola. Más de una vez he tenido que marcharme antes de ser atendido. Hoy voy con tiempo.

De camino, en la misma calle, a unos cincuenta metros de mi destino, paso por delante de un cajero automático. No llevo ni un céntimo y tengo la tentación de detenerme, pero me preocupa que mientras saco dinero pueda entrar alguien en la oficina para sumarse a los que ya deben estar dentro esperando. Tengo calculado el promedio de tiempo invertido por usuario: cuatro minutos y cuarenta y dos segundos. Decido seguir; cogeré el número de la tanda y, según como vea la situación, me arriesgaré a salir para ir al cajero.

La decisión me provoca una urgencia repentina y miro nervioso a los peatones. Veo, aliviado, como la mujer que está más cerca de correos no se detiene. Acelero el paso y adelanto al hombre que camina delante de mí, el único obstáculo que me quedaba; pero una chica con un perro se aproxima desde el otro lado, lleva al perro sujeto con una correa, con la otra mano manipula un teléfono móvil y carga una mochila a la espalda. Ambos estamos a la misma distancia de la entrada. Por si acaso, fuerzo un poco más la marcha, pero tratando de no revelar mi objetivo, y llego a la puerta un instante antes que ella.

La máquina expendedora de tandas tiene los botones tapados con un papel que alguien ha pegado con cinta adhesiva; un texto escrito a mano dice que no funciona y que disculpe las molestias. Le pregunto a una mujer que está al lado si esa es la cola.

—¿Para hacer qué?

—Para recoger un paquete.

—No, la de recoger es la otra.

Los de la otra cola son nueve y están todos de pié y arrimados a la pared de la parte opuesta del local; algo más de cuarenta y dos minutos de espera. Tres sillas vacías continúan la fila como si formaran parte de ella. Le doy las gracias a la mujer y voy a ocupar mi posición mientras programo la alarma del móvil para que me avise dentro de cuarenta minutos. Cuando levanto la cabeza me encuentro a la chica del perro delante de la primera silla. Nos miramos y me parece que entiende que a mi me toca antes antes que a ella. Sin embargo, me fastidia no haberme dado cuenta de que entraba detrás de mí. También que supiera que aquella era la cola correcta. Deja la mochila en el suelo, se sienta y se pone a teclear en el móvil como si a su alrededor no existiera nada más. Tiene la edad y el aspecto de muchas de mis alumnas. El perro no está. Me siento en la última silla, saco un libro de la mochila dispuesto a concentrarme en la lectura. Me suena el móvil, es mi mujer:

—¿Dónde estás?

—En Correos.

—¿No tienes clase?

—A las cinco y media.

—Cuando vuelvas pasa por la ferretería a recoger las copias de las llaves.

No sé de qué me habla, pero le digo vale. Guardo el teléfono y me pongo a leer.

—¿Esta es la cola para recoger?

Levanto la cabeza. Es un mujer.

—Sí.

—¿Usted es el último?

La chica del móvil se me adelanta.

—Sí.

Me giro hacia ella.

—¿Cómo que sí?

Me sonríe.

—Pues mira, bonita, me voy —y me levanto—. Ya no soy el último, señora, ahora lo es ella.

La chica me mira como si me encontrara gracioso. Con el dedo medio de la mano izquierda le indico que le den. Salgo de la oficina cabreado y con paso decidido. Como echo una último vistazo atrás mientras abro la puerta, casi tropiezo con el perro; está ahí en medio, acostado, frente a la entrada. Tengo que improvisar un salto para no pisarlo y aterrizo al otro lado del animal con poco equilibrio y un impulso para el que no me había preparado, doy tres pasos precipitados e inseguros hasta el extremo de la acera y me abrazo a una farola para no caerme. El perro ni se ha movido ni me mira. Es muy negro, muy grande y muy peludo; no sé de qué raza. Está atado a una argolla que hay en el suelo, la que debe de servir para cerrar la persiana del establecimiento. Voy hacia el cajero automático. Una mujer está haciendo alguna operación y un hombre espera a una distancia educada. Como ya no tengo prisa, me sitúo detrás de él. Después de sacar el dinero me voy a la esquina a esperar que la chica salga de Correos.

La alarma del móvil me coge desprevenido, me había olvidado de ella. La apago. La chica no tarda en aparecer. Sin apartar la vista del teléfono desata al perro con una sola mano y se va en la dirección contraria a la posición en la que me escondo. Cuento sus pasos; cuando ella lleva cincuenta y dos, el perro ha hecho ciento diecisiete, nueve del perro por cada cuatro de ella; por su altura calculo que ha recorrido unos treinta y cinco metros. Me parece que ya es a una distancia prudente y comienzo a seguirla. No tomo ninguna otra precaución porque no parece que haya de ser sensible a ningún estímulo exterior. El perro y ella mantienen la cadencia de pasos con una sincronización perfecta y una velocidad constante, se mueven como un único organismo sin variar ni un centímetro la distancia que los separa. Pasan por delante de mi casa, siguen calle abajo, atraviesan la avenida y entran en el parque que hay al otro lado de antigua estación. El parque siempre está lleno de perros acompañados de sus amos que también deben de aprovechar para hacer relaciones sociales.

Me paro en la entrada y la veo de espaldas, a unos veinticinco metros —no tengo ninguna referencia que me permita calcular la distancia exacta— sentada en un banco del camino que hay al otro lado de una zona de césped de la que emergen unas esculturas a base de grandes superficies alabeadas imposibles de formular matemáticamente. Sigue concentrada en el móvil. El perro está tumbado un par de metros delante de ella, en medio del camino. No hay más perros, ni gente, el parque está vacío salvo por nosotros. Entro. El ruido y el olor de la ciudad desaparecen de repente, como si hubiera cambiado de medio. Puede parecer ridículo, pero tengo la sensación de que el aire limpio me purifica, se lleva todos los pensamiento absurdos que me perturban y me proporciona una lucidez que me hace sentir una vergüenza inmensa. Y mientras empiezo a pensar seriamente que soy un imbécil, que esto es una miserable pérdida de tiempo, que no sé qué espero sacar de seguir a esta chica, que si no fuera tan burro ahora mismo estaría en el metro camino de la facultad con mi libro, veo que el perro me mira, se levanta y atraviesa con actitud perezosa la zona de césped que nos separa.

Llega hasta mí y me huele los pies. Los aparto. Insiste. Me desplazo, me sigue, me paro y se vuelve a amorrar a mis zapatos. Me vuelvo a mover, se pega a mis piernas y se restriega y mete la cabeza entre en ellas. Hago algunos gestos con los pies y con los brazos para apartarlo y trato de volver hacia la entrada, pero se pone delante de mi y no me deja avanzar. Me vuelvo a parar, nos miramos un momento y se lanza contra mi pie derecho, muerde el cordón del zapato y tira de él como si me lo quisiera arrancar. Intento liberarme moviendo el pie hacia atrás. Empieza a dar tirones y a gruñir de una manera que no me hace ninguna gracia. Con un movimiento brusco, como si chutara una pelota de lado, logro liberar el cordón de su boca. Doy un salto hacia atrás. El perro me busca los pies de nuevo. Retrocedo con el cuerpo inclinado hacia adelante, tratando de apartarle la cabeza con la mano. Salta hacia mí con la boca abierta, me incorporo protegiéndome con el brazo y noto un golpe de sus dientes en el hueso, lo empujo por el pecho con la otra mano y consigo apartarlo sin que llegue a morderme. Sigo retrocediendo, el perro insiste en atacarme los pies. Hago movimientos que pretendo imprevisibles y pequeños saltos para que no vuelva a atrapar el cordón. El perro también salta y me busca los pies con la boca abierta girando la cabeza como un loco. Noto un arañazo en el tobillo izquierdo y me detengo porque prefiero que muerda el cordón. Lo vuelve a coger con los dientes y tira de él con tanta fuerza que me obliga a desplazarme un trozo adelante a la pata coja. Cada vez gruñe más. Intento liberarme de nuevo con la estrategia de la patada repentina, pero esta vez no lo consigo. Parece que no le gusta nada mi resistencia y tengo la sensación de que se está enfadando. Levanto el pie con peligro de perder el equilibrio, cojo el zapato por el talón y me la quito. Con el pie de nuevo en el suelo, tiro del zapato con fuerza con ambas manos y lo levanto hacia arriba de un tirón brusco. Lo suelta, lo mira un instante, baja la vista hacia el suelo y ataca mi pie descalzo. Lo retiro a tiempo pero sus dientes me arañan. Vuelve a probarlo, le golpeo el morro con el zapato, pero atrapa el cordón y tira de nuevo para quitármelo. Mientras sujeto el zapato con una mano, lo cojo del collar con la otra. El perro tiene mucha fuerza y pesa mucho. Le incrusto el zapato en la boca, a ver si así afloja la mandíbula, pero lo atrapa con los dientes y ya no cede. Después de unos segundos más de lucha inútil lo suelto. El perro se queda quieto, me mira a los ojos tres segundos y se marcha trotando con el zapato en la boca.

Estoy fatigado. La lucha me ha tenido tan concentrado que he perdido de vista el entorno. Con el cuerpo doblado hacia delante, las piernas flexionadas y las manos apoyadas en las rodillas, jadeando y aún temblando de la tensión y el miedo que he pasado, levanto la cabeza. La chica no se ha movido y un chico con una sudadera negra y la capucha puesta está apoyado en el respaldo del banco. Tiene una cámara delante de los ojos y sigue el recorrido del perro, como si le hiciera fotos o lo grabara. El perro, sin prisa, atraviesa el césped, pasa junto al banco, va hasta el parterre que hay al otro lado del camino, deja el zapato, vuelve al camino, se tumba en el mismo lugar que antes y me mira despreocupado.

El chico se guarda la cámara en el bolsillo, coge un sobre que hay en el banco y, de dentro, saca un libro. Incluso a aquella distancia soy capaz de distinguir de qué libro se trata: El número de oro de Matila G. Ghyka (el primer volumen). Tras tirar el sobre en una papelera camina en mi dirección con el libro abierto, leyéndolo como si tuviera mucho interés. Me incorporo en un intento no sé si muy acertado de recuperar la dignidad. Pero ni me ve, va tan concentrado en la lectura que choca conmigo. Sin detenerse, levanta la cabeza, me mira y se disculpa con un gesto. Si esto fuera una película pensaría que a aquel pobre idiota que está allí sin un zapato, además, le acaban de robar la cartera. Y efectivamente es así, el tipo se ha llevado mi cartera. Cuando me doy cuenta y me giro ya no está. La chica sigue en el banco.

No sé qué hacer. Estoy seguro de que se conocen, incluso es posible que el libro sea el paquete que ella ha recogido en correos. Pienso en la policía, pero también en que tendré que justificar mi presencia en el parque. Son las cuatro y veintisiete y mi zapato está allí, en el parterre, a poco más de cincuenta metros. Me apoyo en el murete de la valla con la esperanza de que la chica se marche. Mientras espero, a través del móvil, bloqueo todas mis tarjetas. La chica no se mueve. Espero un poco más. Aunque recoja el zapato, en la cartera llevaba la tarjeta del metro. Tengo que pasar igualmente por casa a ver si encuentro alguna y también a coger dinero. Igual no encuentro ni una cosa ni la otra. Desde mi domicilio tardo una media de treinta y nueve minutos y dieciséis segundos en llegar a la facultad. Ya son las cinco menos cuarto.

En el portal de casa me encuentro con mi mujer, sale en ese momento.

—¿De dónde vienes sin zapato?

—Del parque.

—¿No estabas en correos?

—Sí, también.

—…

—Me lo ha robado un perro.

—Te pasan unas cosas …

—¿Puedes prestarme veinte euros?

—…

—Es que me han robado la cartera.

—¿También ha sido el perro?

—No, un tío con una capucha que leía un libro de Ghyka.

—¿Has cancelado las tarjetas?

—Sí.

Saca dos billetes de veinte euros del monedero y me los da.

—Acuérdate de recoger las llaves.

No parece de muy buen humor y seguro que tiene mucha prisa porque no me pregunta nada más y se va. En otras circunstancias me hubiera sometido a un interrogatorio de aquellos en los que me repite las preguntas seis veces porque no le satisfacen mis respuestas.

Volviendo de clase paso por el parque. Ha perdido la magia, está lleno de gente y de perros pero aquella chica y aquel perro ya no están, y mi zapato tampoco. Me voy a casa. Mi mujer aún no ha llegado. Tiro el zapato desparejado a la basura. Cuando respondo al interfono y oigo su voz desde la calle me acuerdo de las llaves. Mientras cenamos, de la avalancha de preguntas que me formula, la única que soy capaz de responder con precisión es la referente a las llaves y la ferretería: me ha olvidado. Aún así, me la hace seis veces.

Los días siguientes, entre ir a comisaría, volver a hacer las tarjetas, renovar el DNI, el carné de conducir, la tarjeta sanitaria y todo el resto de carnés y mierdas que llevaba en la cartera voy muy liado y no me queda ni momento para ir a la oficina de correos a recoger el libro.

—¿No te precipitas renovándolo todo? Quizás aparece.

—Sí, seguro. Me lo enviará por correo el de la capucha, si te parece. Estos tíos, cuando han cogido lo que les pueda servir, tiran la cartera al primer contenedor que encuentran.

Estoy en la puerta de correos antes de que abran, no hay nadie esperando delante de mí. Abren, voy directamente al mostrador de recogida y le doy el papel y el DNI a la mujer que lo atiende. Se va a donde sea que deba estar el libro que he venido a recoger y cuando vuelve me dice que hay otro paquete a mi nombre.

—El cartero le dejará el aviso hoy en el buzón, pero si quiere llevárselo se ahorrará un viaje.

Oculto mi sorpresa, no sólo por la eficiencia del servicio, sino también por la llegada de un paquete inesperado, y le digo que sí, que gracias, que me la llevo.

El paquete es un prisma rectangular de 8 x 13 x 21 centímetros (los números aparecen al lado de cada una de las aristas). Mi nombre y mi dirección están en una etiqueta de 13 x 8 con un dibujo del rectángulo de Fibonacci como este:

Fibonacci 1

Mis datos están dentro del cuadrado más grande, en la parte inferior, y no pisan ninguna línea. Firmo la recepción de los dos envíos y meto el paquete del libro en la mochila. Salgo a la calle con el otro paquete en las manos. Rasgo el envoltorio mientras camino hacia el metro y aparece una caja de cartón blanca con tapa. En la tapa está otra vez el dibujo pero esta vez con un cuadrado más de la serie. Dentro de la caja, colocado en diagonal y bastante deformado para que quepa, está el zapato que se llevó el perro; a un lado del mismo, la cartera que me robó el de la capucha y, al otro, un sobre donde además de los cuadrados y la espiral están escritos los sesenta y un primeros números de la serie de Fibonacci, del cero hasta el 2.504.730.781.961. Sin detenerme, cojo la cartera y el sobre y tiro la caja con el zapato en la primera papelera que encuentro. En la cartera no falta nada, ni los sesenta euros que había sacado del cajero antes de empezar a seguir a la chica. Me la guardo en el bolsillo interior de la chaqueta. Abro el sobre. Dentro hay una tarjeta que también reproduce el rectángulo y los números, pero en un tono gris claro, haciendo de fondo. Impreso con tinta negra, un enlace a YouTube y, debajo, la frase “¡Ha salido que te cagas, maestro!”

En el metro, trato de conectarme al enlace con el móvil. Me incomoda la sensación de impotencia que me provoca no poderlo copiar automáticamente en el navegador. Cuando consigo introducirlo sin errores me quedo sin cobertura. Lo dejo correr. Accedo desde el ordenador de mi despacho del departamento. Aparece una pantalla negra con un texto blanco que dice: “DANCING WITH THE DOG” y, debajo, “Featuring Iscle Argemí Montanyès & Fibonacci”.

Iscle Argemí soy yo, claro, y resulta que el perro se llama Fibonacci. Comienzan a sonar unos golpes de batería mientras en la pantalla van apareciendo los números 1, 1, 2, 3, 5, 8 que corresponden al número de veces que suenan dentro de un mismo periodo de tiempo (un compás, seguramente, pero no estoy seguro, no sé música). La secuencia se repite cinco veces y luego se sobrepone una música. Es posible que también tenga que ver con la serie de Fibonacci o con el número de oro, porque sé que también se puede aplicar a las melodías y las armonías, pero no tengo ni idea. Enseguida aparecemos el perro y yo en nuestra lucha por el zapato. Las imágenes han sido editadas con mucha habilidad: nuestros movimientos avanzan, retroceden o se repiten al ritmo de la música con una sincronización perfecta. El resultado es espectacular y muy gracioso si no fuera porque soy el protagonista. Si ha sido el de la capucha, hay que reconocer que es un artista. Alarmado, veo que el vídeo ya lleva más de cien mil visitas. Y sólo hace tres días que está colgado. Trato de hacer un cálculo de las probabilidades de que me acabe llegando a través de algún conocido, pero hay demasiadas variables y no tengo datos suficientes. En cualquier caso, no me cabe la menor duda de que puede ser en cualquier momento.

No tengo escapatoria.

El móvil me avisa de la llegada de un mensaje, es de mi mujer: Q ora llgas? tnemos q hablar. No soporto que escriba así, ni que fuera analfabeta. No respondo. Copio el enlace del vídeo, abro mi página de Facebook y lo pego en una nueva entrada. En el texto escribo “Bailando al ritmo que marca Fibonacci. Buenísimo!!”. También lo cuelgo en Google+, en Linked-In, y hago un twit. Que sea lo que Dios quiera, oye.

Me voy hacia el aula, pero no puedo dejar de pensar en mi mujer, no entenderá nada.

©Albert Gassull 2014

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