Adicción

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EDWARD HOPPER

Room in New York. Edward Hopper. 1932

Nunca se hubiera imaginado que lo que había iniciado casi sin darse cuenta llegaría a ese punto de no retorno. Al principio lo hacía solo algunos mediodías. Enseguida fueron todos e inmediatamente comenzó a seguirla también cuando salían del trabajo, por la tarde. Como no le bastaba con verla llegar a casa, permanecía un rato en la acera de enfrente para espiar su vida privada. No tardó en quedarse hasta que anochecía y, después, hasta que las ventanas se quedaban a oscuras. Ahora ya iba de madrugada, cada día, para estar allí antes de que se encendieran las luces.

Compró ropa de diferentes estilos, dos pelucas, una barba y dos bigotes postizos. Alquiló un trastero en un edificio cercano y, en una de las paredes, colgó un espejo. Si podía, salía del trabajo antes que ella, cambiaba su apariencia y la esperaba en los alrededores de su casa escondido bajo alguno de los disfraces.

Seguía vigilándola desde la acera de enfrente incluso si iba disfrazado. Lo hacía por prudencia, pero también porque desde ahí veía con claridad el interior del piso. Era un primero, no tenía cortinas y las persianas siempre estaban levantadas. De noche, la vigilancia era perfecta; la visión era nítida y no creía que la gente que pasaba por la calle se fijara en él. De día era un poco más complicada, pero estaba seguro de que el elevado tráfico (tres carriles de coches de subida y uno de autobuses de bajada) ayudaba a distraer su presencia.

Como cualquier adicto, adaptó sus costumbres a los requisitos de aquella dependencia. Había un bar, con mesas junto a las ventanas, desde donde podía controlar la casa con facilidad. Estaba abierto desde las seis y media de la mañana hasta las ocho de la noche. Allí, disfrazado o no, tomaba el primer café del día y un par de cervezas por la tarde. También comía allí si ella lo hacía en casa.

Pero lo más difícil, al principio, habían sido los fines de semana. Permanecer tantas horas en la zona le obligaba a cambiar de disfraz varias veces. Y mientras se cambiaba la perdía de vista. Además, con disfraces o sin ellos, si tenía que estarse todo el día en el bar o paseando por aquella acera, alguien se acabaría fijando. La solución se le presentó con aquella oferta de empleo de la tienda de comidas preparadas. Consiguió el trabajo y, con él, el camuflaje ideal. Desde entonces, los sábados y buena parte de los domingos podía observarla desde la acera, si ella estaba en casa, mientras repartía folletos con las ofertas de la tienda. Y era mucho mejor que las pelucas, las barbas y los bigotes postizos. Era una situación casi perfecta, la tienda estaba enfrente del edificio, al lado del bar. El único inconveniente era que no se podía mover de allí. Y cuando la veía alejarse por la calle, o doblar la esquina, caía en un desánimo que no superaba hasta que la veía aparecer de nuevo. A pesar del sufrimiento, prefería la seguridad al miedo constante a ser descubierto.

Afortunadamente, Isabel no se apartaba mucho de unas rutinas que parecían bastante establecidas. Los sábados a primera hora iba a comprar. Luego, bajaba a la calle con su hijo. Algunas veces los acompañaba el marido. Otras, él bajaba más tarde, pero siempre volvían los tres juntos. Si salían por la tarde, la jornada podía terminar sin que aparecieran de nuevo. Entonces se quedaba por los alrededores, esperándolos impaciente. Los domingos solían ser bastante decepcionantes porque muchas veces desaparecían desde última hora de la mañana hasta media tarde. Afortunadamente, casi nunca pasaban fuera todo el fin de semana. Alguna vez había sucedido y había sido desesperante.

El niño, que se llamaba Lucas y tenía cuatro años (lo sabía porque se lo había dicho ella), siempre que salían de casa lo buscaba. Los fines de semana el tráfico era más espaciado, incluso había intervalos sin coches. Cuando Lucas lo veía entre los vehículos, o cuando éstos dejaban un hueco, lo saludaba entusiasmado desde la otra acera. Él respondía al saludo agitando los folletos en el aire, o dando saltos como si fuera a levantar el vuelo. El niño estiraba el brazo tan arriba como podía y lo agitaba excitado ante la atención de aquel ser fantástico. Y lo seguía haciendo, hasta que lo perdía de vista, mientras caminaba medio de espaldas, tropezando, porque su madre lo tenía cogido de la otra mano y lo arrastraba siempre en una dirección que los alejaba.

Hacía seis semanas que realizaba el ciclo completo de vigilancia; los días laborables desde la calle y el bar, y los fines de semana desde la acera, delante de la tienda. Para no tener que reconocer que era una situación emocional que había escapado totalmente a su control, hacía ver que todo aquello tenía sentido por sí mismo e intentaba perfeccionar los personajes que interpretaba. Comenzó a utilizar vocabularios específicos y acentos diferentes según el disfraz que se ponía y se inventaba recursos gestuales para su personaje estrella, el de los fines de semana.

Aquel sábado comenzó como todos los demás, Isabel fue a comprar y luego, a media mañana, salieron los tres. La mujer se detuvo ante la puerta, se volvió hacia su marido y le hizo una pregunta. Miró dentro de su bolso, removió su contenido y lo volvió a mirar para hablar con él. Mientras tanto, Lucas lo saludaba con la mano. Como siempre, le devolvió el saludo. Vio como el niño miraba a sus padres y aprovechaba aquel momento en que no lo vigilaban para echar a correr hacia él. Tres hileras de coches acababan de arrancar desde el semáforo, veinte metros más abajo, y un autobús sin pasajeros bajaba decidido por su carril. Tardó en reaccionar, pero todos los conductores de los coches vieron al crío y frenaron a tiempo. Se puso a correr hacia el niño, y Lucas, que no se había dado cuenta de los peligros que lo rodeaban, aceleró su carrera ilusionado. Se encontraron en medio del carril del autobús, lo cogió del brazo y lo lanzó hacia la acera con un movimiento que a todo el mundo le debía de parecer imposible. A continuación recibió la embestida de aquellas quince toneladas sobre ruedas.

Perdió el mundo de vista. No vio que durante un instante muy breve todo se detenía, que solo Isabel y su marido se movían, corrían entre los coches para llegar a donde estaba su hijo como si fueran los dos únicos supervivientes de una catástrofe en una película de ciencia ficción. Tampoco que el niño había caído sentado y miraba a su alrededor sin entender qué le había pasado. Ni que, cuando la calle volvió a la vida, el propietario del bar salió corriendo y llegó a dónde estaba él, tendido en el suelo, en el mismo momento en que una mujer le sacaba la cabeza de aquel disfraz que, de pronto, parecía tan grotesco.

—Hostia —oyó que decía el del bar.

—¿Lo conoce?

—Sí, es un cliente. ¿Respira?

—Sí. Solo está inconsciente —lo dijo con una seguridad sorprendente—. ¿Sabe cómo se llama?

—No. Apareció por el barrio hace unas semanas y se pasea disfrazado de cuatro o cinco maneras distintas. Nadie sabe quién es. ¿No ha oído hablar de él?

—No.

—No tenía ni idea de que también fuera el personaje que repartía los folletos de la tienda de comidas. Eso no lo sabía.

Tuvo la vana esperanza de que Isabel no se acercara. Pero ella y su marido, después de comprobar que su hijo estaba bien, debieron de darse cuenta de que Lucas le debía la vida a aquel hombre disfrazado que yacía en el suelo. Se imaginó como se miraban el uno al otro, alarmados, y cómo, sin decirse nada, Isabel cogía el niño en brazos e iban hacia donde estaba él.

—Es de mentira —una voz decepcionada de niño.

Casi vio como Isabel se llevaba la mano a la boca y ahogaba un grito.

—Es Emilio —dijo.

—¿Quién? —este debía de ser el marido.

—Es el director científico de la empresa en la que trabajo.

—¿Aquél que dices que no te quitas de encima?

—¿Está muerto? —Isabel.

—No, solo está inconsciente —aquella mujer de nuevo.

—¿Y qué hace aquí disfrazado de pollo? —el marido.

—¿Como quieres que lo sepa?

Un momento de silencio le hizo creer que todo había terminado. Pero solo fue una ilusión efímera fruto de una casualidad imposible.

Y prefirió simular que seguía inconsciente.

@Albert Gassull 2014

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